TRACK BY TRACK | Megadeth – Megadeth (2026): un cierre consciente, técnico y sin nostalgia forzada
Texto: Alejandro Torres Quezada
Hablar del último álbum de Megadeth implica asumir algo desde el inicio: no estamos frente a un disco que busque competir con el legado de Rust in Peace, Peace Sells… o So Far, So Good… So What!. Megadeth (2026) no intenta reescribir la historia ni recuperar una juventud que ya pasó. Lo que propone Dave Mustaine es distinto: un cierre frontal, honesto y sin artificios, donde la banda se aferra a aquello que siempre dominó mejor que nadie —las guitarras— para decir adiós en sus propios términos.
La voz de Mustaine, inevitablemente, es uno de los puntos más discutibles del álbum. Se percibe cansada, áspera y con menos rango, algo completamente comprensible considerando su trayectoria, edad y los problemas de salud que ha enfrentado. Lejos de disimularlo, el disco parece asumir esa realidad y construir desde ahí. El protagonismo vocal baja varios escalones y deja espacio para que el peso recaiga casi por completo en el trabajo instrumental, especialmente en las seis cuerdas.
En ese terreno, Megadeth se mueve con absoluta seguridad. Las guitarras dominan el álbum de principio a fin: riffs afilados, punteos constantes, solos veloces y pasajes donde Mustaine y Teemu Mäntysaari se cruzan como si el diálogo musical fuera el verdadero hilo conductor del disco. No hay grandes coros diseñados para estadios ni canciones pensadas para convertirse en himnos generacionales; aquí manda la técnica, la precisión y la experiencia.

La base rítmica, con James LoMenzo en el bajo y Dirk Verbeuren en batería, cumple con solidez y elegancia. Verbeuren aporta una batería precisa, potente y moderna, sin excesos, mientras LoMenzo refuerza el cuerpo de las canciones sin buscar protagonismo innecesario. Todo esto se ve potenciado por una producción clara, robusta y bien equilibrada, nuevamente en manos de Chris Rakestraw, quien entiende perfectamente cómo debe sonar Megadeth en esta etapa final.
Donde el álbum puede generar mayor distancia con el oyente es en su falta de momentos realmente memorables. No abundan las canciones que se queden dando vueltas en la cabeza ni esos estribillos que invitan al grito colectivo. Megadeth es un disco que se disfruta más desde la escucha atenta que desde la emoción inmediata. Es efectivo, correcto y técnicamente impecable, pero rara vez sorprende.
El Track by Track
Tipping Point
Abre el disco con decisión. Es veloz, riffero y directo, con una energía thrashera que deja claro que Megadeth no piensa despedirse en tono bajo. Los solos aparecen constantemente y el estribillo, sin ser histórico, funciona mejor que muchos otros del álbum. Un arranque sólido y uno de los puntos altos del disco.
I Don’t Care
Mantiene la intensidad, con una estructura clásica y una tensión que se sostiene hasta el coro. Nuevamente, las guitarras son las que llevan el relato, con solos fluidos y bien integrados al tema.
Hey, God!
Baja las revoluciones y expone con mayor claridad el desgaste vocal de Mustaine. Es un tema más contenido, con protagonismo lírico, aunque los solos no logran elevarlo del todo. Funciona como pausa, pero no deja huella profunda.

Let There Be Shred
hace honor a su nombre. Es, probablemente, el track más instrumental del álbum, con múltiples cambios de tempo y una clara intención de lucimiento técnico. No es una canción pensada para cantar, sino para disfrutar desde la ejecución.
Puppet Parade
Recupera oscuridad y peso. El riff central es sólido y la atmósfera se va densificando a medida que avanza el tema. Aquí las guitarras acompañan más que dominan, permitiendo que la canción respire mejor.
Another Bad Day
Se mueve en un terreno más reflexivo, con un ritmo medio y una lírica cargada de desencanto. El estribillo cumple, pero no destaca, y el solo aparece de forma breve y medida.
Made To Kill
Vuelve a acelerar el pulso del disco. Es uno de los momentos más agresivos, con una tensión constante que recuerda, de forma lejana, a la épica de antaño. Sin embargo, los cortes y cambios estructurales le restan continuidad.

Obey The Call
Se instala en una atmósfera sombría y contenida, evocando levemente etapas más accesibles de la banda. El tema crece recién en su tramo final, cuando la velocidad y los solos toman el control.
I Am War
Es uno de los tracks más apagados en términos de energía, aunque destaca por sus pasajes melódicos y un trabajo de guitarra elegante, con guiños incluso al metal neoclásico.
The Last Note
Es, sin discusión, el corazón emocional del álbum. Oscuro, melancólico y cuidadosamente construido, combina guitarras acústicas y eléctricas para generar un clima de despedida genuina. La frase final de Mustaine —“I came, I ruled and now… I disappear”— funciona como cierre simbólico no solo del disco, sino de toda una era.

Ride The Lightning
Cierra el álbum con una versión personal del clásico de Metallica. No busca replicar el original, sino reinterpretarlo, incorporando nuevos solos y variaciones de velocidad. La voz vuelve a ser el punto más débil, pero el gesto tiene una carga simbólica evidente: Mustaine cerrando su historia enfrentando, una vez más, su propio pasado.
Opinión final:
Megadeth (2026) no es un disco ambicioso ni pretende serlo. No sintetiza lo mejor de la carrera de la banda ni busca instalar nuevos clásicos. Es un álbum de despedida consciente, técnico y honesto, construido desde la experiencia más que desde la nostalgia. Puede dejar con gusto a poco a quienes esperaban un último golpe monumental, pero funciona como un cierre coherente para una de las carreras más influyentes del metal.
No será el álbum por el que Megadeth sea recordado, pero sí uno que confirma que Dave Mustaine eligió despedirse tocando lo que mejor sabe hacer: guitarras filosas, metal sin concesiones y una última declaración de principios.
