REVIEW CONCIERTO | As I Lay Dying: Aires frescos de metal contemporáneo, crónica de una noche sin misericordia
Texto: Cesar Troncoso
Fotos: Cristian Calderon
La evolución del metal no pide permiso. Irrumpe, arrasa y deja claro que las nuevas corrientes no vienen a coexistir: vienen a dominar. Lo ocurrido este 29 de abril en Sala Metrónomo fue una declaración de guerra sonora, un recordatorio brutal de que el metalcore sigue más vivo que nunca… y con hambre.
Con un público que no superaba en número pero sí en lealtad, la noche arrancó a las 20:00 con DIAMETRAL descargando sin contemplaciones. Desde el primer golpe de “Artificial Euphoria” hasta el mazazo de “Lo Prado Murder”, la banda dejó en evidencia que el metal contemporáneo chileno no está jugando. Riffs afilados, ejecución sólida y una actitud que escupía verdad.
“Onlyfan” acercó a la gente al escenario, rompiendo esa barrera invisible entre banda y audiencia. Luego “Sentenced” cayó como una aplanadora, con guitarras cargadas de rabia y precisión quirúrgica. “I’M THE TRUTH” fue puro acero: bajo contundente, batería demoledora y una energía que preparaba el terreno para “Hell in Me”. Apenas 30 minutos bastaron para dejar una marca. No fue un show, fue una advertencia.
A las 21:00, la máquina de guerra se encendió.
Desde el primer alarido de “Departed”, la atmósfera cambió. No había espacio para respirar. “Burn To Emerge” y “Blinded” desataron el caos: mosh inmediato, cuerpos chocando, sudor evaporándose en el aire cargado de distorsión.
La batería fue un martillo constante, los blast beats retumbaban en el pecho, mientras los riffs caían como ráfagas de metralla. Todo encajaba: precisión, violencia, control absoluto del escenario. “Echoes” y “A Greater Foundation” reforzaron la conexión con el público, una comunión basada en breakdowns y catarsis colectiva.

Y entonces llegó el golpe emocional.
El aniversario de “Shadows Are Security” no fue nostalgia: fue destrucción. “Meaning in Tragedy” y “Confined” transformaron la pista en un campo de batalla. Nadie quería mirar: todos querían entrar. El mosh se volvió ritual, un lenguaje donde cada empujón y cada caída tenían sentido.
“Losing Sight”, “The Darkest Nights” y “Empty Hearts” alimentaron el incendio. “Through Struggle” fue gasolina pura. Cerca de mil almas completamente entregadas, absorbidas por una presentación que no dio tregua.
No fue solo potencia. Hubo historia, hubo cicatrices, hubo verdad. Más de dos décadas condensadas en un show crudo, directo y sin adornos.

El cierre no bajó la intensidad. “Separation” y “Nothing Left” mantuvieron la histeria colectiva al límite. Y cuando parecía que ya no quedaba nada más por dar, “The Sound of Truth” y “My Own Grave” remataron con violencia rítmica, dejando a todos al borde del colapso.
Cada hematoma, cada garganta rota, cada gota de sudor… evidencia de una noche sin compasión.
Esto no fue un concierto.
Fue una descarga.
Fue metal en estado puro.
