CARTELERA | OPETH: THE LAST WILL AND TESTAMENT, HERENCIAS MALDITAS Y DEATH METAL SIN PIEDAD
Mikael Åkerfeldt abre el testamento, desentierra los guturales y convierte los secretos de una familia podrida en una obra de metal progresivo oscuro, retorcido y teatral. El decimocuarto álbum de Opeth recupera parte de su ferocidad histórica sin renunciar a la sofisticación que ha definido su evolución. Santiago tendrá la oportunidad de enfrentarse a este material en vivo en Santander Arena.
Opeth no necesita pedir permiso para cambiar las reglas de su propio juego. Durante más de tres décadas, Mikael Åkerfeldt ha llevado a la banda sueca por senderos que conectan el death metal progresivo, el rock de los setenta, el jazz, las atmósferas acústicas y las estructuras que hacen sudar a quienes necesitan canciones de tres minutos y un estribillo servido en bandeja. Esa inquietud creativa ha generado seguidores incondicionales y también discusiones entre quienes todavía esperan que cada disco suene como Blackwater Park.
Con The Last Will and Testament, publicado el 22 de noviembre de 2024, Opeth vuelve a meter las manos en el barro del metal extremo. Los guturales de Åkerfeldt regresan después de varios álbumes centrados en su voz limpia, pero no se trata de una maniobra nostálgica para complacer a los puristas. La agresividad aparece integrada en una composición ambiciosa, cargada de quiebres, pasajes disonantes, melodías sombrías y una instrumentación que mira tanto hacia el death metal de su primera etapa como hacia el rock progresivo más retorcido de los años setenta.
El resultado es un álbum conceptual que transforma una lectura testamentaria en una disección de la miseria humana. La historia se sitúa en el periodo posterior a la Primera Guerra Mundial, cuando la muerte de un patriarca millonario pone en marcha la lectura de su última voluntad y revela secretos familiares, resentimientos y verdades que nadie parece dispuesto a asumir. La herencia, en este caso, no es solamente dinero: también es culpa, manipulación y una colección de cadáveres morales.
La estructura refuerza esa sensación de estar escuchando un documento envenenado. Los primeros seis cortes aparecen identificados como párrafos legales, del §1 al §6, seguidos por §7 y el desenlace titulado A Story Never Told. En lugar de presentar una sucesión convencional de canciones, Åkerfeldt construye una narración musical donde los cambios de ritmo, las voces y los motivos instrumentales funcionan como piezas de un rompecabezas sin garantías de un final feliz.

UN TESTAMENTO EN OCHO MOVIMIENTOS: LA MÚSICA TAMBIÉN PUEDE SER UNA AMENAZA
El primer párrafo, §1, abre con una tensión que pronto desemboca en guturales, guitarras angulares y una instrumentación que alterna violencia con arreglos orquestales. Åkerfeldt vuelve a mostrar su capacidad para combinar riffs extremos con pasajes progresivos sin que la transición parezca un ejercicio académico. La canción establece el tono de una obra donde cada detalle importa y donde la calma puede resultar tan inquietante como la distorsión.
§2 mantiene la agresividad, pero incorpora armonías vocales y una dimensión teatral que amplía el relato. La participación de Joey Tempest, vocalista de Europe, añade un contraste inesperado a la arquitectura del tema. Opeth no lo utiliza como un adorno comercial: su presencia forma parte de una composición que juega con distintas voces y perspectivas, reforzando la sensación de que el testamento está revelando algo más oscuro que una simple disputa por una fortuna.
En §3, la banda vuelve a demostrar su habilidad para construir estructuras que se retuercen sobre sí mismas. Los riffs cambian de dirección, las melodías aparecen y desaparecen, y la sección rítmica sostiene una composición que exige atención. Martín Méndez aporta una base de bajo sólida, mientras Fredrik Åkesson despliega guitarras que se mueven entre la precisión técnica y la agresividad. Aquí no hay espacio para escuchar el disco como ruido de fondo: Opeth obliga a seguirle el paso.
§4 se extiende hacia terrenos más experimentales. El trabajo de Waltteri Väyrynen, nuevo baterista en este álbum, introduce una ejecución dinámica que transita entre la contundencia del metal y recursos propios del jazz progresivo. La flauta de Ian Anderson, leyenda de Jethro Tull, aparece como un elemento inesperado que conecta el universo extremo de Opeth con la tradición del rock progresivo británico. El contraste podría resultar absurdo en manos menos hábiles, pero Åkerfeldt lo integra dentro de una composición que apuesta por la tensión y la sorpresa.
Con §5, el álbum se hunde todavía más en su dimensión narrativa. Los pasajes pesados conviven con arreglos de teclados, texturas sombrías y cambios que evitan una estructura predecible. Es uno de los cortes más extensos y ambiciosos del disco, y también uno de los que mejor representan la obsesión de Åkerfeldt por desarrollar ideas musicales antes que entregar respuestas fáciles. Opeth puede resultar exigente, incluso incómodo, pero esa incomodidad forma parte de su propuesta.
§6 mantiene la atmósfera opresiva y el contraste entre voces limpias y guturales. Los teclados y las guitarras construyen un entorno donde la melodía nunca está completamente a salvo de la violencia. El trabajo de Joakim Svalberg resulta fundamental para darle profundidad al sonido, con órganos, Mellotron y sintetizadores que amplían la paleta instrumental sin quitar protagonismo a las guitarras. En lugar de limitarse a recuperar el pasado, Opeth utiliza sus recursos históricos para desarrollar una identidad que sigue mutando.
El penúltimo capítulo, §7, continúa tensando la narración antes de su desenlace. Las guitarras se cruzan con las texturas de teclado y la batería mantiene una dinámica que alterna fuerza y precisión. El álbum no busca una resolución inmediata: cada sección parece añadir una pieza más a una historia de secretos, traiciones y conflictos familiares. La música acompaña esa incertidumbre con una composición que exige paciencia y recompensa la escucha atenta.
Finalmente, “A Story Never Told” cierra el testamento con un enfoque más melódico y emocional. Después de la densidad y los guturales que atraviesan buena parte del recorrido, la canción ofrece un espacio para que las melodías respiren y la narración encuentre otro registro. No es una retirada de la oscuridad, sino un cambio de perspectiva. Opeth demuestra que la intensidad también puede construirse desde la contención y que una guitarra limpia puede resultar tan expresiva como un riff cargado de distorsión.
OPETH: UNA HISTORIA QUE CAMBIÓ LAS REGLAS DEL METAL PROGRESIVO
Desde su formación en Suecia a comienzos de los años noventa, Opeth ha construido una trayectoria singular dentro del metal. Discos como Orchid (1995), Still Life (1999), Blackwater Park (2001), Deliverance (2002) y Ghost Reveries (2005) ayudaron a consolidar una propuesta que conectó el death metal con el rock progresivo, las guitarras acústicas y las composiciones de largo aliento.
La banda nunca se conformó con repetir una fórmula. Mientras sus primeros trabajos exploraban una combinación de brutalidad y melodía, la etapa iniciada con Heritage (2011) profundizó en las influencias del rock progresivo clásico y redujo el protagonismo de los guturales. Esa transformación dividió opiniones entre quienes extrañaban la ferocidad de sus discos históricos y quienes celebraban la libertad creativa de Åkerfeldt.
The Last Will and Testament recupera parte de esa agresividad, pero no borra el recorrido posterior. Su propuesta reúne elementos de ambas etapas y los coloca dentro de una estructura conceptual exigente. La incorporación de Väyrynen a la batería, junto con la participación de Anderson y Tempest, amplía el carácter musical y teatral del álbum. La producción, encabezada por Åkerfeldt junto a Stefan Boman y la banda, conserva el detalle instrumental necesario para que cada capa encuentre su espacio.
La influencia de Opeth en el metal progresivo está precisamente en esa libertad para cruzar fronteras. Su música ha demostrado que el death metal puede convivir con pasajes acústicos, desarrollos extensos, arreglos orquestales y melodías que remiten a décadas anteriores sin perder identidad. Su legado no consiste en una única manera de sonar, sino en haber ampliado las posibilidades de lo que una banda extrema puede hacer con sus composiciones.
SANTIAGO RECIBE A OPETH: EL TESTAMENTO SE ABRE EN SANTANDER ARENA
Será la oportunidad de encontrarse con una agrupación que ha construido su carrera desafiando las fronteras entre el metal extremo y el progresivo. Para quienes crecieron con la brutalidad de Blackwater Park y Deliverance, el regreso de los guturales tiene un atractivo evidente. Para quienes siguieron la evolución de la banda hacia territorios más progresivos, el nuevo álbum ofrece una síntesis de sus distintas obsesiones musicales.
The Last Will and Testament no es un disco para consumir a la rápida. Es una obra que demanda atención, paciencia y disposición para seguir sus cambios de dirección. Opeth vuelve a poner sobre la mesa los guturales, las guitarras progresivas y las estructuras complejas, pero también recuerda que su identidad nunca ha dependido de mirar permanentemente hacia atrás.
El domingo 1 de noviembre, Santander Arena será el escenario para comprobarlo en vivo. Ocho movimientos, una herencia envenenada y una banda que sigue haciendo del metal progresivo un terreno sin fronteras.
Las entradas están disponibles a través de PuntoTicket, producido por The FanLab.

