EVENTOS | Cuando el abismo susurra: crónica de la noche inaugural del Chile TerrorFest (Día I)
El 6 de diciembre, el Teatro Caupolicán dejó de ser un recinto: se transformó en una grieta en la realidad. Desde temprano, el ambiente vibraba como si la ciudad hubiese decidido apagar cualquier luz racional para entregarse al reino de lo visceral. El Chile TerrorFest inauguró su primera jornada con la sensación de que algo antiguo despertaba, como si cada asistente cruzara un umbral invisible, abrazando el caos con una devoción que ya no se encuentra en ninguna otra tribu cultural. No era solo un festival: era la enunciación de un credo, un recordatorio de que en el metal extremo todavía late una pulsión primitiva que ningún algoritmo ni modernidad edulcorada ha logrado domesticar.
Mayhemic
Los encargados de abrir este portal infernal fueron Mayhemic, y vaya que entendieron la misión. Su presentación fue un estallido sin contemplaciones, una corriente de lava que se desbordó desde el primer riff. «Kollarbone Crushed Neanderthal» actuó como un golpe en la mesa, como la declaración explícita de que el festival no estaba para tibiezas. El thrash/death de la banda se sintió físico, abrasivo, casi táctil: uno podía sentir cómo las guitarras desgarraban el aire, cómo la batería marcaba un pulso que hacía vibrar incluso las estructuras metálicas del Caupolicán. No hubo espacio para la moderación: fue un arranque incendiario que no solo despertó a los primeros en entrar, sino que obligó a todos a alinearse con el espíritu del festival. Y a pesar de ser los encargados de prender el fuego, Mayhemic no actuó como telonero: su interpretación de temas como «Valley of the Tundra», «Shaking Ground» y «Volcanic Blast» cargó de una energía tal que parecía que llevaban años afianzando su presencia en escenarios de esta escala. Hubo un orgullo evidente, una fuerza local que no pedía validación externa: simplemente exigía ser reconocida.

E-Force
Si Mayhemic fue brutalidad volcánica, E-Force fue distorsión cósmica. Eric Forrest apareció en escena como un alquimista industrial, alguien capaz de manipular tensiones y generar atmósferas tóxicas a partir de líneas de bajo que parecían surgir desde una fábrica abandonada en un futuro distópico. Su set fue una experiencia casi mecánica, en el sentido de precisión y diseño, pero también profundamente humana en su capacidad de provocar incomodidad y fascinación a la vez. «Rise», «Project X» y «Mercury» parecían lamentaciones tecnológicas, gritos metálicos que hablaban de máquinas en decadencia y sociedades corroídas. Pero quizá lo más potente de E-Force no fue su sonido en sí mismo, sino la forma en que Forrest se mueve por el escenario: con una autoridad silenciosa, como alguien que conoce de primera mano el legado que está portando, una relectura cruda y personal del espíritu Voivod. La banda logró ese efecto extraño que solo algunos grupos pueden: hacer que el público se quede inmóvil, no por falta de energía, sino por estar contemplando algo tan áspero como hipnótico. Fue un puente perfecto entre la violencia terrenal del inicio y la oscuridad ritual que vendría después.

Skeletal Remains
Y entonces llegó Skeletal Remains, y el aire cambió. Si las bandas anteriores habían preparado el terreno, ellos vinieron a arrasarlo. El death metal que desplegaron en el Caupolicán fue un golpe directo a la mandíbula colectiva del público. «Void of Despair» fue la primera detonación, y desde ahí en adelante la banda se dedicó a aplastar cualquier resquicio de luz con riffs afiladísimos, blast beats que parecían tectónicos y un nivel de ejecución que recordaba la crudeza de los 90, pero con una precisión quirúrgica contemporánea. Lo más impresionante fue la capacidad de la banda para conjugar brutalidad con textura: «Beyond Cremation», «Relentless Appetite» y «Congregation of Flesh» no fueron solo descargas de violencia; fueron composiciones que avanzaban como maquinaria pesada, engranaje por engranaje, como un monstruo articulado que no daba respiro. Y el público lo entendió: los moshpits se abrieron como brechas autónomas, auténticos remolinos donde cada persona parecía entregarse a una suerte de purga emocional. Skeletal Remains no buscó suavizar nada; al contrario, vinieron a recordar por qué el death metal sigue siendo una de las formas más puras e implacables de catarsis sonora.

Triumph of Death
Cuando Triumph of Death subió al escenario, la atmósfera se volvió histórica. No importaba si algunos no habían nacido cuando Hellhammer comenzó su camino: todos entendían la magnitud de lo que ocurría. Tom G. Warrior apareció como un chamán del metal primitivo, un sobreviviente que trae consigo una llama que no pertenece al presente. La crudeza absoluta de canciones como «The Third of the Storms», «Massacra» y «Maniac» se sintió como un viaje en el tiempo, como si el festival hubiera retrocedido 40 años para presenciar los cimientos del metal extremo desde su estado más salvaje y descarnado. Triumph of Death no es un proyecto que brille por su pulcritud —y no debe hacerlo—; su encanto es precisamente la mugre, la aspereza, la sensación de que cada riff está hecho de piedra y óxido. Warrior no solo tocó: recitó un capítulo entero de la historia del metal. «Reaper», «Buried and Forgotten» y la monumental «Triumph of Death» fueron recibidas como himnos primordiales, como escrituras antiguas que aún tienen poder. Fue una presentación cargada de respeto, de nostalgia y de devastación a la vez. Y en un festival que lleva “terror” en su nombre, nadie encarnó mejor la esencia de lo siniestro y lo ancestral que esta banda.

Mayhem
Y entonces llegó el momento en que el escenario dejó de ser escenario: se convirtió en altar. Mayhem no salió a tocar; salió a realizar un ritual. Las sombras, las luces frías, las túnicas ceremoniales y el dominio escénico de Attila Csihar construyeron una atmósfera que parecía sacada de un sueño lúgubre. «Malum» fue la apertura de una ceremonia que avanzó entre lo visceral y lo espectral. Cada gesto de Attila parecía un conjuro, cada postura un símbolo, cada respiración una sentencia. El setlist fue una travesía por distintas eras, desde piezas más recientes hasta monumentos como «Freezing Moon», «De Mysteriis Dom Sathanas» y «Life Eternal», que desataron una mezcla de reverencia, euforia y silencio contenido. Pero lo verdaderamente inolvidable fue la recta final: una aparición histórica de Manheim y Messiah, interpretando piezas fundacionales como «Deathcrush», «Chainsaw Gutsfuck», «Necrolust» y «Pure Fucking Armageddon». El Caupolicán entero entendió que estaba presenciando algo irrepetible: no una simple presentación, sino un cruce temporal donde distintas eras de Mayhem coincidían para celebrar 40 años de caos. Fue una liturgia negra, un retablo viviente, un acto que recordó por qué Mayhem no es solo una banda: es un mito, un capítulo esencial del metal extremo.

Al final de la noche, cuando las luces se apagaron y el público comenzó a salir, el Teatro Caupolicán quedó con un aura distinta, como si algo hubiese quedado suspendido en el aire. El TerrorFest no fue un festival cualquiera: fue una declaración generacional, un recordatorio de que el metal extremo sigue siendo territorio fértil para la intensidad, la memoria, la creatividad y la liberación emocional. Cada banda dejó una huella distinta, y juntas compusieron una jornada que no necesita promesas de posteridad: ya es leyenda.
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