EVENTOS | Ecos en la penumbra: La liturgia oscura de The Sisters of Mercy en el Club Blondie
La noche del miércoles 1 de octubre, el Club Blondie se transformó en un santuario gótico donde el humo, la penumbra y la música se entrelazaron en un ritual inolvidable. Minutos pasadas las 9 pm, los fieles que habían llegado con paciencia y expectación vieron cómo la oscuridad se abría para dar paso al hechizo: The Sisters of Mercy subía al escenario, liderados por la figura enigmática de Andrew Eldritch, acompañado por Ben Christo y Kai, quienes serían los heraldos de una noche teñida de sombras y resplandores eléctricos.

El arranque fue como un golpe súbito en el pecho: “Don’t Drive on Ice” estalló entre la bruma, desatando gritos y aplausos mientras los cuerpos comenzaban a mecerse en ese trance propio de la danza gótica. Sin pausas, el viaje continuó con “Crash and Burn”, “Ribbons”, “Doctor Jeep/Detonation Boulevard” y la inmortal “More”, himnos que retumbaron en cada rincón del recinto. La voz profunda y cavernosa de Eldritch no solo llenaba los sentidos, sino que parecía invocar fantasmas del pasado, mientras que la energía desbordante de Kai y la cercanía de Ben Christo construían un puente emocional con la audiencia.

El público respondió con fervor. A cada gesto de los músicos, la ovación crecía. Kai, enérgico y desafiante, alentaba a los presentes a corear y aplaudir; Ben, con un magnetismo más cercano, lograba arrancar gritos de emoción. Ambos se convirtieron en piezas vitales de un ritual que no fue mera ejecución musical, sino una ceremonia donde el vínculo entre escenario y audiencia ardía con intensidad.


La liturgia continuó con piezas que rozan la leyenda: “I Will Call You”, “Alice”, la emblemática “Dominion/Mother Russia”, “Summer”, “Giving Ground” y la melancólica “Marian”. Las manos se alzaban, algunos coreaban con los ojos cerrados, otros simplemente dejaban que la música los poseyera mientras danzaban en su propio mundo. La emoción colectiva convertía la velada en una experiencia casi mística.
La segunda parte del ritual fue aún más intensa: “But Genevieve”, “Eyes of Caligula”, “Here”, “Quantum Baby”, “On the Beach”, “When I’m on Fire” y la esperadísima “Temple of Love” encendieron la noche con un repertorio que solo puede describirse como un regalo para los devotos. Fue un setlist de ensueño, donde cada canción parecía seleccionada para recorrer las distintas capas de la memoria colectiva de sus seguidores.
Tras un breve interludio, llegó el clímax final. La banda regresó para entregar lo que podría llamarse el tríptico sagrado de su legado: “Never Land”, “Lucretia My Reflection” y “This Corrosion”. El Club Blondie vibraba con cada verso, con cada acorde, con cada voz que se unía a coro para cerrar un espectáculo que ya se sentía eterno en la memoria.
El cierre no fue solo musical: la banda se despidió con calidez, lanzando uñetas y hojas del setlist firmadas, obsequios que hoy se guardarán como reliquias por los afortunados que los recibieron. Fue un gesto que rompió la barrera entre ídolos y seguidores, reafirmando que la conexión entre The Sisters of Mercy y su público va más allá del escenario.
Lo vivido aquella noche no fue un simple concierto, sino una experiencia de culto. El Club Blondie, con su atmósfera íntima y envolvente, se mostró como el espacio perfecto para que este aquelarre sonoro cobrara vida. No cabe duda: la niebla, la oscuridad y los himnos de una de las bandas más emblemáticas del rock gótico se conjugaron en un evento que permanecerá grabado en la memoria como una noche donde el tiempo se detuvo y la penumbra se volvió eterna.


