EVENTOS | La noche en que los Vampiros de Helsinki resucitaron en Santiago
La fría noche del viernes 29 de agosto no fue un obstáculo para los fieles seguidores que aguardaban en las puertas del Club Blondie. El clima helado y la neblina que caía sobre la ciudad parecían un presagio perfecto. En las afueras del recinto, las siluetas vestidas de negro, con chaquetas de cuero y abrigos largos, evocaban la entrada a un club de vampiros, como si se prepararan para recibir a los The 69 Eyes, los eternos vampiros de Helsinki.
Al caer la tarde, poco después de las 19 horas, las puertas se abrieron y los primeros seguidores comenzaron a ocupar el espacio. El Club Blondie, elegido como guarida para esta velada, se convirtió en la cripta perfecta: gótica, rebelde y cargada de esa esencia oscura que encaja a la perfección con el goth ‘n’ roll de la banda. Pronto, el recinto estuvo lleno, los rostros expectantes y los corazones latiendo al unísono, como si todos fueran parte de un aquelarre moderno dispuesto a renacer tras 15 años de espera.


La penumbra se apoderó del lugar, el humo cubrió el escenario y, como espectros emergiendo de la bruma, los miembros de la banda entraron uno a uno. Finalmente, Jyrki 69 apareció, dueño y señor del micrófono, para abrir el ritual con los acordes de “Devils”. El estallido fue inmediato: gritos, saltos y brazos en alto dieron la bienvenida al regreso tan ansiado. Desde ese instante, la noche fue un viaje sin retorno.
Clásicos como “Feel Berlin”, “Perfect Skin” y “Betty Blue” encendieron la llama de la locura colectiva. La atmósfera era incendiaria: luces rojas y azules, sombras danzantes y la voz grave de Jyrki, como un conjuro, guiaban a la multitud en trance. Sobre el escenario, la banda irradiaba energía pura; cercanos, cómplices con su público, entregaban un espectáculo visceral en el que cada movimiento gótico de su vocalista arrancaba ovaciones y miradas hipnotizadas.
La intensidad creció con temas como “Gotta Rock”, “Still Waters Run Deep”, “Drive”, “Death of Darkness” y “The Chair”. Cada acorde reforzaba el pacto entre banda y seguidores: no había barreras, solo una comunión oscura bañada por luces espectrales y el sonido impecable del recinto. El público, entregado sin reservas, coreaba con fuerza desgarradora, levantando brazos, saltando y aplaudiendo como si quisieran prolongar la eternidad de esa noche.



Con “Cheyenna”, “Never Say Die” y “Gothic Girl”, la Blondie vibró como una catedral profana. La esperada “Wasting the Dawn” fue un punto de quiebre: una balada inmortal que envolvió el lugar en un aura de melancolía y devoción. El éxtasis llegó con “I Love the Darkness in You” y “Brandon Lee”, donde los movimientos hipnóticos de Jyrki convirtieron el escenario en un ritual vampírico compartido con sus seguidores.
El clímax final no se hizo esperar: “Framed in Blood”, “Dance d’Amour” y el eterno himno “Lost Boys” sellaron la noche como un broche de oro teñido de sombras. La multitud, enloquecida, saltaba y gritaba sin descanso mientras la banda dejaba todo en el escenario. En un gesto de gratitud, lanzaron recuerdos al público: púas, baquetas y setlists que ahora son reliquias de una velada inolvidable.



En medio del fervor, Jyrki confesó que estuvo al borde de las lágrimas por la calidez del recibimiento. Su reverencia final y el beso lanzado al aire fueron un gesto íntimo, casi romántico, con el que los vampiros se despidieron, dejando a los asistentes en un estado de éxtasis y nostalgia.
Aquella noche, Santiago no fue una ciudad, sino un reino oscuro donde los vampiros de Helsinki reinaron con majestuosidad. Una espera de 15 años encontró su redención en un concierto que quedará marcado como una de las noches más intensas y memorables del goth ‘n’roll.
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