REVIEW CONCIERTO | Evangelio en distorsión: El trueno dorado encendió el Coliseo
El pasado 22 de julio, cuando el frío comenzaba a abrazar las calles de Santiago, una congregación de creyentes del metal se dio cita en el Teatro Coliseo. No fue una misa común ni una celebración litúrgica: fue el retorno de Stryper, los heraldos del trueno divino, que con guitarras encendidas y versos celestiales, vinieron a reclamar su altar chileno.
Eran las 19:00 horas cuando se abrieron las puertas, y, como si de una peregrinación se tratara, los seguidores de Stryper comenzaron a ocupar sus lugares.
Pasaban los minutos y la ansiedad crecía. Veinte minutos antes de las 21:00 horas, la paciencia se quebró y el clamor se alzó como un canto de guerra:
“Olé olé olé, Stryper, Stryper…”.
La sala se llenó de vítores, aplausos, coros y energía contenida lista para explotar.
Con una entrada fulminante, la banda irrumpió en el escenario desatando los acordes de “In God We Trust”, y como si un rayo hubiese tocado al público, todos comenzaron a saltar, levantar las manos al cielo y corear con furia bendita. Michael Sweet, líder, voz y espíritu del grupo, se mostró cercano y fraterno, entregando miradas cómplices a cada rincón del teatro. El Coliseo se convirtió en una catedral del metal, vibrando con devoción al ritmo de riffs filosos y armonías celestiales.
Sin dejar que la llama se apagara, continuaron con “Revelation”, una descarga sónica que parecía hablar directamente al alma. Fue entonces cuando el ojo atento de Michael detectó un cartel entre la multitud: era el cumpleaños de un fan. El gesto fue inmediato, hermoso: le regaló una uñeta y pidió al público que entonara el “Feliz cumpleaños”. La ovación fue tan cálida como la misma música.


La fiesta prosiguió con “Calling on You”. Todos coreaban, se agolpaban, saltaban… Era evidente que esta comunión se había esperado por años.
Le siguieron clásicos como “Free”, “Sorry”, “When We Were Kings” y “All For One”, con una potencia que electrificaba cada centímetro del teatro. La entrega de la banda fue total. . La emoción fue en ascenso con la joya melódica “Always There for You”, entonada al unísono por cientos de gargantas como un verdadero himno de redención y amor.
Entre tema y tema, Michael Sweet introdujo una dinámica particular: sacaba de una caja unos pequeños libros que lanzaba con cuidado al público. Eran ejemplares del Nuevo Testamento Universal en inglés, con el logo de Stryper en la portada. Un gesto inesperado, peculiar y, sin embargo, fiel al mensaje que siempre ha acompañado a la banda: un testimonio de fe, paz y espiritualidad en medio de la furia eléctrica del heavy metal.
La noche continuó con piezas fundamentales del repertorio como “Divider”, “No Rest for the Wicked”, “No More Hell to Pay”, “More Than a Man”, “The Valley”, “Yahweh”, “Surrender” y la infaltable “Soldiers Under Command”. Cada canción fue recibida como una oración enérgica, con puños en alto, cabezas agitadas y emoción.
En un momento íntimo y solemne, la banda pidió silencio. Michael tomó el micrófono para referirse a una triste noticia que había estremecido al mundo del rock ese mismo día: el fallecimiento de Ozzy Osbourne. Con respeto y emoción, agradecieron su legado, como pionero e inspiración para generaciones. Cerraron ese momento con una frase poderosa:
“God bless Ozzy”.
Un tributo sincero y sentido, que resonó como un amén colectivo entre los asistentes.



Tras un breve interludio, regresaron con el clásico inmortal: “To Hell with the Devil”. El Coliseo entero estalló en una euforia sagrada. Gritos, saltos, cánticos… Stryper entregaba su último disparo de gloria con la fuerza de quienes no predican, sino que viven lo que creen.
El adiós fue generoso: uñetas, baquetas, libros… recuerdos físicos de una noche espiritual.
Una noche que quedará grabada en el corazón de todos los que asistieron, no solo como un concierto, sino como una experiencia única, un ritual de fuego, luz y heavy metal.
Hasta que vuelvan los soldados dorados. Aquí estaremos, esperándolos con los brazos alzados y el alma encendida.
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