REVIEW CONCIERTO | Iron Maiden en Chile: 50 años de historia y una noche para volver a creer en la eternidad

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Texto: Alejandro Torres Quezada

Fotos: Eduardo Sandoval

Iron Maiden regresó al Estadio Nacional para celebrar sus cinco décadas de historia con un recorrido por sus primeros nueve discos. Un espectáculo de gran despliegue visual, canciones que volvieron a cobrar vida y momentos que quedarán grabados en la memoria de sus seguidores.

Hay bandas que forman parte de la historia de la música y otras que, además, terminan convirtiéndose en parte de la vida de quienes las siguen. Iron Maiden pertenece a ambas categorías. Y la noche del 31 de octubre, ante más de 60 mil personas que repletaron el Estadio Nacional, volvió a demostrar por qué sigue siendo uno de los nombres fundamentales del heavy metal.

En el marco de su gira Run For Your Lives World Tour, que celebra los 50 años de trayectoria de la agrupación británica, la Doncella de Hierro presentó un espectáculo ambicioso, tanto en lo musical como en lo visual. Una gigantesca pantalla principal, escenografías que acompañaban cada canción, efectos de pirotecnia, humo y llamaradas fueron parte de una producción que consiguió darle una nueva dimensión a varios clásicos de su catálogo.

Pero el verdadero protagonista estaba en el repertorio. Un recorrido que abarcó desde su álbum debut homónimo (1980) hasta Fear of the Dark (1992), rescatando canciones que llevaban décadas sin aparecer en sus presentaciones y regalando a los seguidores una oportunidad única de reencontrarse con distintas etapas de su historia.

Un viaje desde los primeros años

La previa ya anticipaba lo que vendría. Las primeras notas de Doctor Doctor, de UFO, comenzaron a despertar al público, que respondió con saltos y cánticos mientras esperaba la aparición de la banda. Luego llegó The Ides of March, la instrumental que preparó el terreno para una noche que prometía ser inolvidable.

El inicio propiamente tal llegó con Murders in the Rue Morgue. Al ritmo de los primeros golpes de Simon Dawson, el nuevo baterista de Iron Maiden, la agrupación dio comienzo a su presentación en Santiago. Una incorporación que inevitablemente despierta comparaciones con el histórico Nicko McBrain, pero que merece ser observada desde su propia identidad musical.

La respuesta continuó con Wrathchild, donde el bajo de Steve Harris marcó el camino de uno de los clásicos de Killers (1981). El público comenzó a acompañar con mayor energía, mientras la banda desplegaba esa identidad que ha mantenido durante cinco décadas.

Y si de sorpresas se trataba, Killers fue uno de los primeros grandes regalos de la noche. Una canción que no suele formar parte de sus repertorios recientes y que permitió, además, la primera aparición de Eddie. La mascota de la banda interactuó con algunos de sus integrantes, entre ellos Bruce Dickinson y Janick Gers, sumando teatralidad a una presentación que no dejaba de sorprender.

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La intensidad continuó con Phantom of the Opera, otra pieza fundamental de sus primeros años. Su estructura progresiva, los cambios de ritmo y los pasajes instrumentales permitieron apreciar la complejidad musical de una composición que sigue teniendo una fuerza extraordinaria sobre el escenario.

Con The Number of the Beast, el Estadio Nacional entró de lleno en una de las etapas más reconocibles de la agrupación. Las imágenes proyectadas en la gigantesca pantalla acompañaron cada momento, mientras la banda comenzaba a mostrar una cohesión que se haría todavía más evidente durante el resto del concierto.

Las canciones que esperábamos volver a escuchar

Uno de los momentos más especiales llegó con Infinite Dreams. Y es que no se trataba simplemente de otra canción dentro del repertorio. Era el regreso de una verdadera joya de Seventh Son of a Seventh Son (1988), que no era interpretada en vivo desde aquel año.

La emoción se hizo sentir entre los asistentes. Para muchos, escucharla por primera vez en directo era un sueño pendiente. Personalmente, fue uno de esos momentos en los que resulta difícil separar al periodista del fanático. Hubo lágrimas, emoción y la sensación de estar presenciando algo que probablemente no volverá a repetirse de la misma manera.

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La banda continuó con Powerslave, una composición que permitió apreciar el desempeño de Simon Dawson detrás de la batería. Su llegada ha generado inevitables comparaciones con Nicko McBrain, pero sería injusto exigirle que sea una copia de su antecesor. Dawson tiene su propia personalidad y una manera particular de interpretar las canciones. El sonido puede presentar matices diferentes, pero eso no significa que Iron Maiden haya perdido su esencia.

A sus 50 años, la agrupación sigue demostrando que su identidad está construida sobre mucho más que un solo integrante.

Luego llegó 2 Minutes to Midnight, uno de los grandes himnos de Powerslave (1984). Su temática antibélica, sus guitarras inconfundibles y ese coro que invita a cantar a todo pulmón volvieron a conectar con una audiencia que conoce perfectamente cada pasaje de la canción.

Sin embargo, lo que vendría a continuación sería, a mi juicio, el punto más alto de toda la presentación.

La épica de una Doncella que no conoce límites

Rime of the Ancient Mariner es una de esas composiciones que explican por sí solas la grandeza musical de Iron Maiden. Inspirada en el poema homónimo de Samuel Taylor Coleridge, la canción supera los trece minutos y construye una historia a través de diferentes atmósferas, cambios de intensidad y extensos pasajes instrumentales.

Desde sus primeros acordes, el Estadio Nacional se convirtió en el escenario de una verdadera experiencia musical. Las guitarras de Dave Murray, Adrian Smith y Janick Gers se complementaron de manera extraordinaria, mientras Steve Harris volvía a demostrar por qué su bajo es uno de los pilares del sonido de la agrupación.

La interpretación fue contundente. Cada sección tuvo su espacio, cada solo encontró su momento y la banda sonó realmente poderosa. No es una canción sencilla de llevar al escenario, pero Iron Maiden consiguió convertirla en uno de los pasajes más memorables de la noche.

Después de semejante despliegue llegó Run to the Hills, un clásico que transformó el Estadio Nacional en un enorme coro. Su ritmo acelerado, las guitarras armonizadas y la interpretación de Bruce Dickinson encendieron nuevamente los ánimos.

La épica continuó con Seventh Son of a Seventh Son, otro de los grandes rescates de la gira. Sus atmósferas progresivas encontraron un aliado perfecto en las imágenes de la pantalla principal, que acompañaron el desarrollo de la canción y reforzaron su carácter casi cinematográfico. Una interpretación sólida, con especial atención a sus pasajes instrumentales.

Con The Trooper, la energía volvió a subir. Bruce Dickinson apareció flameando la tradicional bandera británica, mientras Eddie regresaba para interactuar con los integrantes de la banda. Pero el momento más especial llegó cuando el vocalista tomó una bandera chilena, provocando una nueva explosión de entusiasmo entre los miles de asistentes.

Y si hablamos de espectáculo visual, Hallowed Be Thy Name merece un capítulo aparte. La puesta en escena se transformó en una representación teatral de la canción, con imágenes que acompañaban su relato y una secuencia especialmente llamativa en la que Bruce parecía enfrentarse a una figura fantasmal antes de desaparecer progresivamente de la pantalla. Una combinación de música, narrativa y recursos audiovisuales que convirtió la interpretación en puro cine.

El bloque principal llegó a su fin con Iron Maiden, una canción que ya es parte inseparable de la identidad del grupo. La aparición de Eddie pero está vez en una pantalla gigante, volvió a sumar teatralidad, mientras la banda cerraba una primera parte cargada de clásicos.

Bengalas: una línea que no debería cruzarse

No todo fue celebración. Durante distintos momentos del espectáculo, algunas personas encendieron bengalas en el público, una situación que se ha repetido durante esta etapa latinoamericana de la gira y que provocó la evidente molestia de Bruce Dickinson.

El vocalista ya había manifestado su rechazo a esta práctica en otras presentaciones y Santiago no fue la excepción. Incluso durante Iron Maiden hizo un llamado a apagar estos elementos, dejando claro que le incomodaban.

Es cierto que las bengalas pueden generar imágenes llamativas y que para algunos forman parte de la estética de los conciertos de rock. Sin embargo, existe una diferencia importante entre acompañar un espectáculo y pasar por encima del respeto hacia quienes están sobre el escenario.

No podemos olvidar que Bruce atravesó un cáncer de lengua y garganta en 2015. Su voz es su instrumento de trabajo y merece todo el cuidado y respeto posible. No se trata de quitarle espontaneidad a un concierto ni de prohibir la pasión del público, sino de entender que la libertad de celebrar también tiene límites cuando se afecta a los demás.

Afortunadamente, fueron situaciones puntuales y la banda no llegó a detener el espectáculo. Pero el mensaje fue muy claro. Debes disfrutar de Iron Maiden, pero también significa que debes respetar a Iron Maiden.

Una despedida a la altura de 50 años de historia

Después de una breve pausa, la banda regresó con Churchill’s Speech, el histórico discurso que introduce Aces High. La canción llegó con toda su artillería, guitarras veloces y una interpretación que volvió a demostrar la vigencia de una de las composiciones más emblemáticas de Powerslave.

Luego fue el turno de Fear of the Dark. Pocas canciones tienen la capacidad de generar una conexión tan inmediata entre una banda y su público. Sus primeros acordes fueron suficientes para despertar los cánticos y convertir el estadio en una multitud de voces que acompañaba cada estrofa.

Sin embargo, las bengalas volvieron a aparecer y Bruce no escondió su molestia. El cantante insistió en su rechazo a quienes las encendían, dejando en evidencia que no se trata de una situación aislada ni de una incomodidad menor para él.

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El cierre quedó en manos de Wasted Years. Una elección sencillamente perfecta para una gira que celebra cinco décadas de historia. Su mensaje, cargado de nostalgia y reflexión sobre el paso del tiempo, encontró una conexión especial con quienes han acompañado a Iron Maiden durante años.

Fue un broche de oro para una noche histórica. Una canción que hace mucho dejó de ser solamente otro clásico del repertorio para convertirse en un himno que se canta con el corazón.

Finalmente, los acordes de Always Look on the Bright Side of Life, de Monty Python, acompañaron la salida de la banda. El concierto había terminado, pero la emoción seguía instalada en el Estadio Nacional.

Una Doncella para distintas generaciones

Hay una observación personal que no puedo dejar fuera de esta reseña. Esta fue mi décima experiencia viendo a Iron Maiden en vivo y, por primera vez, sentí que el público tenía una energía diferente a la que recordaba.

En distintos pasajes, la audiencia se mostró más fría de lo esperado. No siempre estuvieron esos saltos, esa euforia colectiva y esa intensidad que en otras oportunidades parecían ser parte inevitable de cada canción. Por supuesto, hubo momentos de enorme conexión, especialmente con los himnos más reconocibles, pero la sensación fue distinta.

Quizás los años también pasan para quienes están frente al escenario. Iron Maiden tiene hoy una audiencia importante que supera los 40 años, personas que han seguido a la banda durante décadas y que viven estos conciertos desde otra perspectiva. Al mismo tiempo, el cambio generacional fue evidente. Familias completas, padres e hijos compartiendo una misma pasión y nuevas generaciones descubriendo en directo a una de las agrupaciones más importantes del heavy metal.

Y eso también es parte de la historia de Iron Maiden. Su música ha conseguido atravesar generaciones, manteniendo vigente un legado que comenzó hace medio siglo.

A sus 50 años, la Doncella de Hierro sigue teniendo argumentos de sobra para llenar estadios, rescatar canciones que parecían olvidadas y emocionar a quienes llevan toda una vida acompañándola. La noche del 31 de octubre fue una nueva demostración de ello.

Porque hay canciones que nunca envejecen, recuerdos que vuelven a cobrar vida y bandas que, sencillamente, se convierten en eternas.