REVIEW CONCIERTO | The Adicts: Carnaval, caos y una teatral “despedida” que se niega a morir
Reseña: Kevin Fuentealba Mol
Fotos: Eduardo Sandoval
The Adicts regresó a nuestro país con una extensión de su gira «Adios Amigos», la misma que nos visitó anteriormente en octubre de 2025. La premisa de la banda era clara: «Cada show lo tratamos como si fuera el último». El Teatro Coliseo fue testigo de aquello en una presentación memorable y frenética que se sintió como un verdadero adiós a sus droogies latinoamericanos.
La apertura de la jornada estuvo a cargo de los nacionales Subradical y Mono Modo, quienes calentaron los motores antes del plato fuerte.

El inicio del caos y la magia
Un multitudinario público se hizo presente en el recinto; hombres y mujeres de varias generaciones se congregaron para presenciar un show que inicialmente fue demorado por incidentes en los accesos. Entre el humo y el leve picor de las lacrimógenas en el ambiente, una animada música circense le dio la bienvenida a The Adicts al escenario. Sin vacilar, los británicos arrancaron su set de forma inmediata con «Let’s Go», provocando el caos instantáneo en la cancha.
Desde los primeros minutos se marcó la pauta de lo que sería la velada completa: una verdadera explosión llena de sorpresas, donde la teatralidad de Keith «Monkey» Warren fue lo más llamativo. El frontman, quien ingresó inicialmente con una capa, desató una lluvia de utilería desde el primer segundo. Desde el lanzamiento de cartas en «Joker in the Pack» hasta la inclusión de paraguas con confeti y cintas en «Tango», el inquieto vocalista se robó constantemente las miradas entre trucos y movimientos incesantes.
«God bless Chile», fueron las primeras palabras de Pete Dee hacia el público nacional antes de arremeter con «Johnny Was a Soldier».

Entre la euforia del moshpit y la bella nostalgia
El repertorio se desarrolló frente a un público desbordado: mosh constante, bengalas encendidas, ropa volando por los aires y el infaltable crowdsurfing de fanáticos intentando llegar a la tarima. Inicialmente, la banda se lo tomó con humor —incluso repartiendo abrazos a los pocos que lograron subir—, hasta que Pete Dee tuvo que pedir amablemente que se mantuvieran fuera del escenario. La última invasión ocurrió durante «Fucked Up World», cuando un fan logró bailar junto a Monkey antes de que el propio vocalista lo despidiera de vuelta a la masa; una demostración clara de que allí arriba solo hay un maestro de ceremonias. Posteriormente, el equipo de seguridad se formó en barricada para contener los ánimos, logrando controlar la situación de manera oportuna para que el concierto continuara sin problemas.
A pesar del caos, hubo pasajes diseñados para apaciguar tanto frenetismo. «Troubadour» brilló con un coro fuertemente cantado por el teatro entero, mientras que en «I Am Yours» vimos a Monkey lanzando corazones frente al calor de una bengala encendida en la cancha. «Daydreamers Night» marcó el momento más tranquilo de un show implacable, revelando el lado más nostálgico del grupo para hacer aún más simbólica esta aparente despedida.

Medio siglo de trayectoria en un setlist sin frenos
Pese al tono de adiós, la banda se mantuvo inquebrantable en sus raíces. Vestidos con su clásica indumentaria inspirada en la película «La Naranja Mecánica» y respaldados por proyecciones de videos retro, caricaturas y cine de terror de los años 60, The Adicts entregó un repertorio poderoso y sin pausas, destacando ráfagas de velocidad como «Rockin’ Wrecker» y «My Baby Got Run Over by a Steamroller».
El factor sorpresa mantuvo el dinamismo en todo el show. En «Who Spilt My Beer?», por ejemplo, el vocalista sacó un vaso gigante inflable que llenó con licor, arrojando luego tanto la botella como el vaso hacia la multitud. El papel picado fue una constante, lloviendo repetidas veces en temas como «Crazy» y demostrando por qué siguen ofreciendo uno de los espectáculos más visuales de la escena punk.

El clímax de la revolución y un adiós con final abierto
El punto más alto llegó en la recta final. A partir de «Chinese Takeaway», despacharon sus éxitos más coreables, pasando por «Bad Boy» hasta estallar el recinto con «Viva la Revolution». La catarsis colectiva fue absoluta; este himno resonó con fuerza en un contexto de incertidumbre política y bélica global. Al finalizar el tema, un espontáneo y potente cántico local («Chxpxlx Kast») emergió del público, el cual la banda motivó y acompañó al ritmo de sus instrumentos, reflejando el sentir de los asistentes en tiempos complejos.
El cierre fue monumental. El papel picado y los globos gigantes inundaron el Teatro Coliseo al son de «You’ll Never Walk Alone», despidiendo la velada como un verdadero carnaval alegre. Entre saltos y abrazos, el público ovacionó a los británicos mientras tocaban el riff de la “Canción de la alegría” de fondo y Monkey vaciaba su último arsenal de utilería.

The Adicts se despidió en una emotiva última gira, o al menos esa es la sensación. Antes de retirarse, Pete Dee nos dejó la incógnita en la mente: «¿Quieren que volvamos?», sembrando la duda de si este será finalmente su último concierto por estas tierras. A pesar de ello, el evento fue un acto de comunión íntima con nuestro país en tiempos de incertidumbre, donde queda claro que la unión hace el cambio y la fuerza.
La banda mantiene un show de alto nivel donde sus 50 años de carrera no se ven afectados, sosteniendo un ritmo frenético y sorpresivo por cerca de una hora y media. La respuesta es clara: si es el último concierto, la despedida fue en grande y completamente memorable; y si desean regresar, la puerta queda abierta para que lo hagan las veces que quieran. De todas formas, sus droogies chilenos los seguirán esperando para otra jornada inolvidable.
