REVIEW CONCIERTO | Dieciocho años después, My Chemical Romance convirtió la espera en un acto de fe
Texto: Alejandro Torres Quezada
Fotos: Guillermo Salazar
No fue solo un regreso. Fue una cita largamente postergada que, cuando por fin ocurrió, se sintió inevitable. La noche del 28 de enero, My Chemical Romance volvió a Chile después de 18 años y el Estadio Bicentenario de La Florida fue testigo de algo más que un concierto. Fue una ceremonia colectiva, intensa y cargada de emoción, donde miles de personas se reencontraron con una banda que marcó una etapa vital de sus vidas.

El contexto ya hablaba por sí solo. Entradas agotadas en minutos, una segunda fecha anunciada de emergencia y nuevamente sold out. Desde temprano, el calor superó los 30°C, pero nada frenó a un público que incluso acampó la noche anterior para asegurar una buena ubicación. La producción dispuso puntos de hidratación y toldos, la seguridad respondió correctamente durante el show, aunque la salida terminó siendo caótica por la presencia masiva de comercio ambulante en los accesos.
Ver esta publicación en Instagram
El inicio
La calurosa jornada comenzó con HVNVBI, quienes asumieron la apertura con personalidad y convicción. Lejos de pasar desapercibidos, los nacionales ofrecieron un set directo y atmosférico, logrando captar la atención de un público que ya comenzaba a llenar el recinto. Fue una presentación breve pero sólida, que confirmó el buen momento de la banda y su capacidad para sostener escenarios de gran convocatoria.

The Hives: arrogancia, carisma y español perfecto para conquistar a Chile
Si alguien dudaba del rol que iba a cumplir The Hives esa noche, la banda se encargó de despejarlo en cuestión de minutos. Los suecos no solo salieron a tocar, salieron a conquistar. Desde el arranque, Pelle Almqvist tomó el control absoluto del escenario y del público, estableciendo una relación directa, cercana y constante, marcada por una interacción permanente en un español sorprendentemente fluido.
“¿Te gusta The Hives?”, “¿Te está gustando The Hives?”, “¡Amigos, chilenos!”, repetía el vocalista entre canciones, provocando una respuesta inmediata desde la cancha y las galerías. No eran frases memorizadas ni guiños forzados: eran parte del show, herramientas para tensar y soltar al público, para hacerlo sentir protagonista y no simple espectador.

Musicalmente, la banda sostuvo ese dominio con un set demoledor. «Enough Is Enough» y «Walk Idiot Walk» marcaron el inicio de una descarga directa, mientras «Rigor Mortis Radio» y «Paint a Picture» mantuvieron el ritmo alto sin permitir respiro. Cada tema era presentado con ironía, teatralidad y un manejo escénico que solo se logra con años de carrera.

«Hate to Say I Told You So» fue uno de los puntos más coreados de su presentación, confirmando que la conexión ya estaba sellada. «Tick Tick Boom«, acompañada de la presentación de la banda, funcionó como un momento de complicidad total, con Pelle manejando los tiempos, las pausas y las reacciones del público con precisión absoluta.
El cierre con «The Hives Forever Forever The Hives» no solo fue un final potente, sino una declaración de principios. The Hives no actuaron como teloneros, se comportaron como una banda que entiende el escenario, el país y al público que tiene frente a sus ojos.

Se fueron ovacionados, dejando el estadio encendido y con la sensación clara de que habían ganado nuevos fanáticos.
My Chemical Romance: entre teatralidad, furia y comunión
Cuando My Chemical Romance tomó el escenario, el Estadio Bicentenario dejó de ser un recinto de conciertos para convertirse en un espacio narrativo. Desde la previa, los mensajes proyectados que hablaban de normas absurdas, órdenes ministeriales y referencias a una institucionalidad opresiva, prepararon el terreno para lo que vendría. Una puesta en escena que funcionó más como una obra teatral fragmentada que como un show tradicional. No hubo pausas ni quiebres reales entre canciones; todo se sintió como escenas encadenadas de un mismo acto, avanzando sin explicaciones y obligando al público a interpretar.

@guilleasalazar
Vestidos con trajes que remitían directamente a la primera era de The Black Parade, pero ahora visiblemente desgastados, la banda pareció situarse en una especie de cárcel o institución sin rostro. Gerard Way asumió un rol protagónico desde la interpretación más que desde el discurso, moviéndose entre la ironía, la fragilidad y una violencia contenida que atravesó todo el set. No fue un frontman tradicional, fue un personaje dentro del relato.

El setlist fue largo, exigente y sin concesiones, obligando al público a atravesar distintos estados emocionales sin respiro. «The End.» y «Dead!» marcaron el inicio del viaje, seguidas por momentos clave como «Welcome to the Black Parade«, recibida como un estallido colectivo, y «Mama«, uno de los puntos más intensos de la noche, donde la aparición del “Phantom” en pantalla reforzó la sensación de que el concierto estaba contando algo más allá de las canciones.
El peso instrumental fue clave para sostener esa atmósfera. Ray Toro y Frank Iero construyeron un entramado de guitarras que alternó precisión, ruido y emotividad, mientras Mikey Way sostuvo la base con sobriedad y firmeza. La batería, acompañó cada cambio de clima con exactitud, reforzando tanto los pasajes más contenidos como las explosiones de furia colectiva.

A lo largo del show se insinuaron elementos de un relato mayor. La idea de un ciclo que se repite, una figura de poder ausente pero omnipresente, una voz que ordena, observa y documenta. Sin explicitar teorías, My Chemical Romance dejó claro que su universo sigue vivo y en expansión, y que cada fecha puede modificar la lectura de lo que se está contando.
El cierre con «Blood» devolvió el espectáculo a un terreno incómodo y oscuro. La ejecución del “Clerk” por parte de Gerard Way no ofreció un final tranquilizador, sino una ruptura, una grieta dentro del relato que reafirmó la lógica teatral de toda la noche. Aquí no hay respuestas claras ni finales felices.

Tras el quiebre que significó “Blood”, el show dio paso a un segundo acto completamente distinto, enfocado en los clásicos de la banda y en una conexión mucho más directa con el público. Aquí My Chemical Romance se permitió soltar la rigidez teatral y abrazar la emoción colectiva, recorriendo distintas etapas de su discografía.
En este tramo, Gerard Way se dirigió varias veces al público, recalcando que algunas canciones que estaban tocando debutaron en este tour y eran un regalo especial para Chile, país al que , según sus propias palabras, le tienen un cariño particular. La sensación de exclusividad se hizo evidente. No era solo un set largo, era un gesto.
Temas como “Boy Division”, “It’s Not a Fashion Statement, It’s a Fucking Deathwish”, “Heaven Help Us”, “SING”, “You Know What They Do to Guys Like Us in Prison” y “Hang ’Em High” marcaron un recorrido intenso y poco complaciente por distintas eras de la banda, demostrando que el regreso no se sostenía solo en los hits. La comunión total llegó con “I’m Not Okay (I Promise)” y “Helena”, cantadas de principio a fin por un público que entendió la magnitud del momento, mientras “The Kids From Yesterday” funcionó como un cierre cargado de simbolismo, mirando al pasado sin nostalgia vacía y reafirmando el vínculo intacto entre la banda y su audiencia 18 años después.

El regreso de My Chemical Romance a Chile no solo cumplió una deuda histórica, sino que reafirmó la vigencia emocional y artística de una banda que entiende su propio legado sin quedar atrapada en él. Entre concepto, riesgo, clásicos y gestos sinceros hacia el público, el show del 28 de enero se instaló como uno de los hitos musicales del año. Agradecemos a Lotus Producciones por permitirnos realizar la cobertura de este concierto, facilitando el acceso y el trabajo periodístico en una noche que quedará marcada en la memoria colectiva.
