REVIEW CONCIERTO | OPETH EN SANTIAGO: CINCO MÚSICOS, MIL MATICES Y UNA DESCARGA DE METAL PROGRESIVO SIN CONCESIONES
La maquinaria sueca volvió a Santiago para desplegar una clase magistral de precisión, oscuridad y virtuosismo. Con un repertorio que atravesó distintas etapas de su discografía, Opeth convirtió el Santander Arena en territorio de riffs monumentales, atmósferas inquietantes y cambios de ritmo ejecutados con una naturalidad demoledora.
MAR DE GRISES: DOOM METAL NACIONAL PARA ABRIR LA JORNADA
La responsabilidad de encender la jornada quedó en manos de Mar de Grises, una de las agrupaciones más representativas del doom metal nacional. Con una propuesta marcada por atmósferas densas, melodías melancólicas y pasajes de profunda intensidad, la banda chilena preparó el terreno para la descarga progresiva de los suecos.
Su presencia aportó el peso de una escena local que ha sabido construir una identidad propia dentro del metal extremo, combinando oscuridad, sensibilidad y composiciones de largo aliento. Una apertura coherente con el carácter musical de la noche y un reconocimiento a una agrupación que ha dejado una huella importante en la historia del doom metal nacional.

ENTRE LA OSCURIDAD Y LA EXPERIMENTACIÓN
El domingo 1 de noviembre, en una fecha especialmente significativa para Chile, Opeth regresó a Santiago para demostrar por qué su nombre ocupa un lugar privilegiado dentro del metal progresivo mundial. El Santander Arena recibió a una agrupación que no necesita acomodarse a las fórmulas del género: su música exige atención, paciencia y disposición para recorrer estructuras que pueden pasar de la calma más delicada a una tormenta de guitarras y voces desgarradas en cuestión de segundos.
Con puntualidad, la banda tomó el escenario y abrió con “§1”, de The Last Will and Testament, instalando desde el primer momento el carácter de su más reciente etapa. La composición puso en marcha una maquinaria de cambios constantes, pasajes complejos y una instrumentación que exige precisión quirúrgica. No hubo calentamiento innecesario: Opeth comenzó mostrando el nivel de exigencia que marcaría toda la presentación.
El viaje continuó con “Hjärtat vet vad handen gör”, de In Cauda Venenum, una pieza donde las texturas progresivas y los matices atmosféricos tomaron protagonismo. Luego llegó “Godhead’s Lament”, de Still Life, recuperando una de las facetas más oscuras y contundentes de la banda. La composición permitió apreciar ese equilibrio entre agresividad, melodía y estructuras elaboradas que convirtió a Opeth en una referencia obligada del metal de los noventa.
Con “§7”, el repertorio volvió a The Last Will and Testament, antes de internarse en el terreno más experimental de “The Devil’s Orchard”, perteneciente a Heritage. Aquí la banda dejó claro que su identidad no depende exclusivamente de los riffs extremos. Los arreglos, las progresiones y las capas instrumentales construyeron un pasaje de carácter hipnótico, demostrando la amplitud de una propuesta que ha sabido cambiar de dirección sin perder personalidad.

El contraste llegó con “Windowpane”, de Damnation. La intensidad cedió espacio a una atmósfera más introspectiva, donde cada nota encontró su lugar dentro de una composición de enorme sensibilidad. Mikael Åkerfeldt condujo el tema con una interpretación contenida, mientras los teclados de Joakim Svalberg y las guitarras construyeron ese paisaje melancólico que distingue a uno de los discos más particulares de la agrupación.
Pero la calma en Opeth nunca significa ausencia de tensión. “The Grand Conjuration”, de Ghost Reveries, devolvió el peso a las guitarras con una descarga de riffs densos, pasajes progresivos y una intensidad que se extendió por todo el recinto. La interpretación confirmó la capacidad de la banda para manejar composiciones extensas sin perder fuerza ni dirección.
Entonces llegó “Demon of the Fall”, de My Arms, Your Hearse, una pieza fundamental para los seguidores de su etapa más extrema. El tema recuperó la crudeza del death metal progresivo que marcó los primeros años de la agrupación, con cambios de dinámica y una contundencia que hizo recordar por qué Opeth fue capaz de construir un lenguaje propio dentro de la escena metalera internacional.
EL PESO DE LOS CLÁSICOS Y UNA SORPRESA DESDE EL GRINDCORE
La aparición de “§3” volvió a conectar el concierto con el material de The Last Will and Testament, antes de que “The Drapery Falls”, de Blackwater Park, se tomara el protagonismo. Una de las composiciones más reconocidas de su catálogo, con sus pasajes envolventes, guitarras expansivas y explosiones de brutalidad, fue uno de los momentos centrales de la jornada.
La banda sostuvo cada transición con una precisión impresionante. Fredrik Åkesson desplegó toda su energía en las guitarras, alternando riffs de gran peso con solos de notable ejecución. A su lado, Martín Méndez volvió a demostrar por qué es una pieza fundamental de la arquitectura rítmica de Opeth: su bajo sostuvo estructuras complejas con firmeza y una naturalidad que pocas veces necesita llamar la atención para hacerse notar.
Joakim Svalberg aportó profundidad desde los teclados, construyendo atmósferas que enriquecieron cada composición, mientras Waltteri Väyrynen respondió desde la batería con una ejecución potente y dinámica, siguiendo los constantes cambios de ritmo sin perder precisión.
El tramo principal cerró con “Hex Omega”, de Watershed, una composición que permitió volver a transitar por los pasajes más oscuros y progresivos de la discografía. Su desarrollo dejó servido el camino para un bis que todavía guardaba una sorpresa.
Tras el regreso al escenario, Åkerfeldt y compañía sorprendieron con “You Suffer”, el clásico brevísimo de Napalm Death. La interpretación fue un guiño tan inesperado como divertido, una dosis de humor extremo que desató complicidad entre los asistentes. La referencia apareció dos veces en el listado del bis, pero más allá de su duración mínima, el gesto funcionó como una muestra del particular sentido del humor de Mikael y su relación con el público.
El cierre definitivo quedó en manos de “Deliverance”, una pieza monumental que permitió a la banda desplegar toda su capacidad instrumental. Sus riffs, cambios de ritmo y desarrollos progresivos elevaron la intensidad hasta el último acorde. Una despedida a la altura de una presentación que recorrió buena parte de la identidad musical de Opeth.

MIKAEL ÅKERFELDT: VIRTUOSISMO SIN DISTANCIA
Más allá de la complejidad musical, uno de los puntos altos de la noche fue la presencia de Mikael Åkerfeldt. El vocalista y guitarrista combinó una interpretación vocal de enorme exigencia con una cercanía permanente hacia los asistentes. Sus intervenciones, cargadas de humor y espontaneidad, rompieron cualquier distancia entre el escenario y la audiencia.
Su personalidad contrastó con la densidad de las composiciones. Entre riffs demoledores, pasajes acústicos y cambios de atmósfera, Åkerfeldt mantuvo el control de una presentación que exigió tanto desde lo vocal como desde lo instrumental.
Fredrik Åkesson aportó electricidad y despliegue escénico; Martín Méndez sostuvo las complejas estructuras con una solidez incuestionable; Joakim Svalberg amplió el espectro sonoro con sus teclados y Waltteri Väyrynen se encargó de mantener el pulso de una maquinaria que no admite errores.

OPETH: UNA IDENTIDAD QUE NO SE DEJA ENCASILLAR
El repertorio del Santander Arena fue una radiografía de la evolución de Opeth. Desde la oscuridad de My Arms, Your Hearse, Still Life y Blackwater Park, pasando por la sensibilidad de Damnation y la exploración de Heritage, hasta las composiciones de The Last Will and Testament, la banda trazó un recorrido por distintas etapas sin perder coherencia.
La presentación no dependió de artificios ni de una puesta en escena recargada. La verdadera fuerza estuvo en cinco músicos capaces de ejecutar composiciones complejas con una precisión abrumadora, pero también de transmitir emoción, humor y complicidad.
Opeth volvió a Santiago con una propuesta que no busca respuestas fáciles ni caminos previsibles. Su música exige atención y recompensa con una riqueza de matices que pocas agrupaciones consiguen sostener en directo.
Del death metal al progresivo, de la brutalidad a la contemplación, Opeth hizo lo que mejor sabe: romper estructuras, cambiar las reglas y demostrar que la oscuridad también puede ser una obra de arte.

Reseña: María Elizabeth Tolosa Ringele
Fotos: Eduardo Sandoval – @edo_cl
