REVIEW CONCIERTO | STONED JESUS EN CLUB ÁMBAR: UNA CEREMONIA DE RUIDO Y DEVOCIÓN

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Texto y fotos: José Onetto 

La noche del 29 de octubre, el Club Ámbar se transformó en un auténtico templo del fuzz. Stoned Jesus, la banda ucraniana de stoner rock liderada por Igor Sydorenko, regresó a Santiago con una energía que reafirmó por qué son uno de los nombres esenciales del género. En tiempos en que el rock psicodélico y pesado vuelve a reclamar su espacio en la escena underground, su paso por Chile resonó como un acto de resistencia y comunión sonora.

Formados en 2009 en Kiev, Stoned Jesus ha construido una trayectoria que los posiciona entre los referentes de la nueva ola del doom y el stoner europeo. Su disco Seven Thunders Roar (2012) se convirtió en un clásico moderno gracias a himnos como I’m the Mountain, una pieza que hoy trasciende generaciones dentro del culto al riff denso y expansivo. Su gira latinoamericana 2025 reafirma la conexión que la banda mantiene con su público, un lazo que trasciende las distancias geográficas y el contexto de guerra que ha marcado a su país en la última década.

José Onetto

El concierto en Club Ámbar fue una descarga eléctrica desde el primer acorde. Con una puesta en escena sobria pero cargada de intención, el trío desató un muro de sonido grueso y envolvente que hizo vibrar cada rincón del recinto. El público diverso pero unido por la devoción al riff respondió con cabeceos sincronizados y gritos que se fundían con los ecos del bajo. Sydorenko, con su carisma hipnótico y tono grave, condujo un viaje que transitó entre la densidad doom y los pasajes psicodélicos más etéreos, sin perder nunca la intensidad.

La interpretación de I’m the Mountain fue, sin duda, el punto más catártico de la noche. El público la coreó como si se tratara de una plegaria colectiva, mientras el solo final se expandía en un trance casi espiritual. Canciones como Electric Mistress y Bright Like the Morning reforzaron esa dualidad que caracteriza al grupo. Lo místico y lo crudo, la introspección y la furia.

José Onetto

Entre luces rojas y una atmósfera cargada de electricidad emocional, lo que se vivió fue más que un concierto. Una ceremonia. Cada nota parecía tallada con el peso de una historia que se niega a desaparecer. Stoned Jesus no solo tocó, invocó. Y el público, entregado y en trance, respondió como si reconociera en ese ruido una verdad antigua, una forma de fe que solo el rock puede ofrecer.

Cuando el último acorde se desvaneció, quedó una mezcla de gratitud y vértigo suspendida en el aire. Afuera, el viento primaveral de Santiago parecía distinto, como si la ciudad hubiera absorbido parte de ese eco profundo. Stoned Jesus no solo pasó por Chile: dejó una grieta luminosa en la memoria colectiva, recordándonos que el rock, cuando es honesto, todavía puede ser un acto de fe.

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