REVIEW CONCIERTO | Una noche, un estadio y doce años de espera: Avenged Sevenfold saldó una deuda con fuego, emoción y un público rendido a sus pies
Texto: Alejandro Torres Quezada
Fotos: Guillermo Salazar
La historia tenía una herida abierta. Doce años sin Avenged Sevenfold en Chile eran demasiado. Y cuando finalmente el reencuentro se concretó, no fue en cualquier escenario. Por primera vez, la banda californiana enfrentaba al público chileno en un estadio, ante más de 25 mil personas que llegaron al Bicentenario de La Florida con una mezcla de ansiedad, devoción y memoria acumulada.
El regreso de Avenged Sevenfold en Chile se enmarcó dentro de la gira mundial Life Is But a Dream…, tour que acompaña su octavo álbum de estudio lanzado en 2023 y que marca una de las etapas más ambiciosas y arriesgadas de la banda.
Lejos de repetir fórmulas, el grupo ha apostado por un espectáculo que combina potencia, concepto y una propuesta visual cuidadosamente diseñada, donde cada canción cumple un rol narrativo dentro del show. Esta gira, además, representa el reencuentro definitivo de la banda con Sudamérica, luego de una reprogramación obligada por problemas de salud de Matt Shadows, haciendo que la expectativa en Chile fuera aún mayor.
Desde temprano, el ambiente ya se sentía distinto. Fanáticos apostados desde la mañana, poleras negras empapadas por un sol implacable que superó los 30 grados, y una logística que respondió con toldos gigantes, puntos de hidratación y un despliegue de seguridad constante dentro y fuera del recinto. Se respiraba un evento grande, importante e incluso internacional. Brasil, Argentina y Perú dijeron presente en este concierto.

A las 18:30 en punto, Mawiza fue la banda encargada de abrir la jornada. El cuarteto nacional tomó el escenario con convicción, mezclando fuerza, identidad y un discurso profundamente ligado a la tierra y lo ancestral.

Su propuesta, que cruza metal moderno con raíces mapuche, funcionó como un golpe inicial potente y simbólico. No fue una apertura decorativa, fue una declaración. Mawiza enfrentó a un público que recién comenzaba a poblar el estadio, y aun así logró atención, respeto y aplausos, demostrando que el metal chileno tiene voz propia y carácter para escenarios mayores.
Cerca de las 19:30 horas fue el turno de Mr. Bungle, una verdadera superbanda que elevó el nivel musical de la jornada desde el primer acorde. Liderados por el inagotable Mike Patton, el grupo dejó claro que lo suyo no es solo provocación o humor ácido, sino una ejecución instrumental de altísimo nivel, respaldada por músicos fundamentales en la historia del metal.

En la guitarra, Scott Ian (Anthrax) aportó solidez, groove y peso, demostrando por qué es uno de los riffmasters más influyentes del thrash metal. Su presencia no pasó desapercibida. Cada ataque de guitarra se sintió directo y sin adornos, anclando el caos sonoro de la banda con una base firme y reconocible. A su lado, Trey Spruance, miembro fundador de Mr. Bungle, fue clave en la identidad del show, alternando estilos, texturas y atmósferas con una naturalidad desconcertante.
En el bajo, Trevor Dunn fue simplemente fundamental. Su ejecución técnica y versátil sostuvo cada cambio abrupto de ritmo y estilo, permitiendo que la banda transitara sin esfuerzo desde pasajes experimentales hasta momentos de brutalidad absoluta. En la batería, Dave Lombardo, histórico ex Slayer, fue uno de los grandes protagonistas de la presentación. Preciso, potente y con una autoridad incuestionable, Lombardo convirtió cada canción en una demostración de por qué es considerado uno de los bateristas más influyentes del metal extremo.

El set comenzó de manera sorpresiva y contenida, con un formato acústico liderado por “Tuyo” (cover de Rodrigo Amarante, popularizada por la serie Narcos), para luego transformarse en un viaje impredecible y sin reglas. Canciones como “Grizzly Adams”, “Bungle Grind” y “Retrovertigo” evidenciaron la capacidad de la banda para pasar del jazz al metal, del funk al caos absoluto, sin perder cohesión.
En medio de la intensidad y el caos característico de la presentación, hubo espacio para un momento de profundo respeto. Mike Patton detuvo el show y pidió un minuto de silencio por las víctimas de los fatales incendios forestales que afectaron al sur de Chile, gesto que fue acompañado por un estadio completamente en silencio. El instante, breve pero contundente, marcó un contraste emotivo con la irreverencia habitual de la banda y fue recibido con aplausos sinceros, dejando en claro la conexión y sensibilidad del músico con el público chileno y la contingencia nacional.
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Los covers fueron otro punto alto: “I’m Not in Love” de 10cc, “Refuse/Resist” de Sepultura y el delirante tramo final con “All by Myself” de Eric Carmen, rebautizada como “Ándate a la chucha” y dedicada a los pacos, sellaron una presentación irreverente, incómoda y brillante a partes iguales. Mr. Bungle no vino a preparar el terreno, vino a desafiar al público, y lo logró con creces.
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Pasadas las 21:00 horas, la tensión era total. Veinte minutos de atraso que se sintieron eternos. Humo cubriendo el escenario, pantallas activas y un detalle que marcó diferencia. Un QR proyectado que permitió coordinar las linternas de los smartphones del público, transformando el estadio en un océano de luces sincronizadas. La expectativa ya era insoportable.
Las luces se apagaron. “Game Over” abrió el show y el estadio explotó. Los primeros mosh pits se abrieron como una reacción instintiva, casi inevitable. Avenged Sevenfold estaba de vuelta, y Chile respondió desde el primer segundo.

Matt Shadows tomó el micrófono, saludó al público visiblemente emocionado y dio paso a “Mattel”. En las pantallas, los integrantes se transformaban en figuras de plástico, reforzando el mensaje crítico de la canción. Una sociedad artificial, superficial, moldeada por un sistema que consume y descarta. Musicalmente precisa y visualmente impactante, fue una de las piezas más completas del show.
La emoción se desbordó con “Afterlife”. Ahí, muchos no aguantaron. Doce años eran demasiados. El estadio cantó con el corazón en la mano, y las primeras lágrimas comenzaron a caer. Sin pausa, “Hail to the King” convirtió la cancha en un campo de batalla festivo. Bengalas encendidas, puños en alto y un coro masivo que retumbó en todo el recinto.

“Gunslinger” bajó las revoluciones, pero no la intensidad emocional. Cantada a todo pulmón y dedicada a las víctimas del incendio forestal que afectó al Sur de Chile, la balada mostró el costado más vulnerable de la banda, conectando desde la empatía, el dolor y la esperanza. Luego, “Buried Alive” volvió a encender miles de linternas, iluminando el estadio en uno de esos momentos que quedan tatuados en la retina.
“The Stage” reactivó la violencia controlada en cancha. El público saltaba, giraba, chocaba. El estadio estaba vivo. Con “So Far Away”, el tiempo pareció detenerse. Dedicada a Jimmy “The Rev” Sullivan y a todos quienes ya no están, fue el momento más íntimo y emotivo de la noche. Miles de luces moviéndose al ritmo de una guitarra acústica construyeron una escena simplemente inolvidable.

La seguidilla final fue demoledora: “Bat Country” desató una marea humana imposible de esquivar; “Nobody” destacó por su juego de luces y un Brooks Wackerman absolutamente sólido, preciso y elegante en la batería; “Nightmare” fue coreada de principio a fin; y “Unholy Confessions” provocó uno de los mosh pits más salvajes que se recuerden en el Bicentenario. Volaban zapatillas, botellas, agua… nadie salía ileso, todos felices.

“Save Me” fue el premio para los más devotos. Un grito desesperado, existencial, épico. Un momento que quedará grabado para siempre en la memoria colectiva. Luego, “Cosmic”, del álbum Life Is But a Dream…, elevó la experiencia a un plano casi cinematográfico con láseres, efectos visuales y una atmósfera envolvente que hizo sentir al estadio como un universo propio.

Antes del cierre, Matt lanzó la ya infame pregunta: “¿Les gusta el asesinato y la necrofilia?”. Risas, gritos y complicidad total antes de “A Little Piece of Heaven”. El himno macabro fue celebrado como corresponde. Saltos, coros y una comunión absoluta entre banda y público.
En lo musical, la banda estuvo impecable. Synyster Gates fue simplemente descomunal con solos quirúrgicos, elegancia y brutalidad en partes iguales. Zacky Vengeance aportó solidez y clase, sosteniendo cada riff con precisión. Johnny Christ hizo retumbar el bajo en el pecho de los asistentes, mientras Brooks Wackerman confirmó por qué es uno de los bateristas más respetados del género. Y Matt Shadows, sí: Matt llegó. Su voz estuvo a la altura del desafío, firme, potente y emotiva. Lo bueno tarda en llegar, y esa noche llegó con todo.

El final fue emotivo. Abrazos sobre el escenario, sonrisas sinceras y un “See you next time” que sonó más a promesa que a despedida. Avenged Sevenfold volvió a Chile tras su última visita en 2014, y luego de una reprogramación obligada por problemas de salud de Matt en septiembre de 2025. La espera fue larga. Pero valió cada segundo.

Finalmente, agradecer a Lotus Producciones por la acreditación y por permitir la cobertura de una noche que ya es parte de la historia grande del metal en Chile.
