THE CRIMSON KINGS: EL REY CARMESÍ VOLVIÓ A LATIR EN SANTIAGO
Jeremy Stacey y compañía desataron la maquinaria progresiva de King Crimson en un encuentro íntimo, exclusivo y cargado de virtuosismo. Con el respaldo del mismísimo Robert Fripp, el cuarteto convirtió el Club Chocolate en territorio para los oídos inquietos.
King Crimson no es una banda para escuchar en piloto automático. Su música exige atención, desafía las estructuras y cambia de dirección cuando menos lo esperas. Por eso, la llegada de The Crimson Kings al Club Chocolate este viernes 9 de octubre fue mucho más que una revisión de clásicos: fue una oportunidad para meterse de lleno en el laboratorio sonoro de una de las instituciones más influyentes del rock progresivo. Un espectáculo íntimo para quienes entienden que la complejidad también puede golpear con fuerza.
Al frente de la operación estuvo Jeremy Stacey, baterista que integró la última formación de King Crimson entre 2016 y 2021. Su trayectoria va mucho más allá del universo crimsoniano: ha trabajado con artistas tan diversos como Noel Gallagher, Sheryl Crow y Joe Cocker, demostrando una versatilidad que aquí resulta fundamental. Porque tocar King Crimson no consiste en seguir el compás y esperar el siguiente cambio: requiere precisión quirúrgica, oído, flexibilidad y la capacidad de sostener una arquitectura rítmica que puede desarmarse y reconstruirse en segundos. Stacey conoce ese idioma desde dentro y aporta la autoridad de quien estuvo en la máquina original.

A su lado, Horacio Pozzo, Emi Franji y Julián Franji completaron una formación que puso sus recursos al servicio de un repertorio monumental. Pozzo, tecladista de Genetics y colaborador de Robert Fripp desde los años noventa a través de The League of Crafty Guitarists, aporta un vínculo directo con esa tradición musical. Los hermanos Franji, músicos, compositores y multiinstrumentistas argentinos, suman técnica y sensibilidad para abordar un material que no perdona la ejecución mecánica. Aquí no basta con copiar notas: hay que comprender los silencios, las tensiones, las disonancias y esa extraña belleza que aparece cuando el caos parece tomar el control.
Y hay un detalle que eleva la importancia del proyecto: The Crimson Kings cuenta con el respaldo del mismísimo Robert Fripp, fundador y mente creativa de King Crimson. No se trata simplemente de una banda que toma prestado un repertorio legendario, sino de una propuesta impulsada con el beneplácito de quien ayudó a construir ese universo. Una diferencia sustancial cuando se trata de interpretar música que lleva décadas escapando de las etiquetas y de las fórmulas fáciles.

El repertorio recorrió distintas etapas de esa historia, con piezas como Larks’ Tongues in Aspic, Part I, Fallen Angel, Three of a Perfect Pair, Starless y 21st Century Schizoid Man. Cinco títulos que bastan para dimensionar el desafío: desde los pasajes instrumentales de tensión creciente hasta las atmósferas envolventes y la explosión de un clásico que sigue sonando tan desafiante como cuando apareció. El concierto condensó cinco décadas de exploración musical en un espacio cercano, sin convertir el legado en una pieza de museo.
The Crimson Kings no vino a disfrazarse de King Crimson: vino a mantener viva su maquinaria. Y en una escena donde el virtuosismo puede transformarse fácilmente en exhibición vacía, el desafío está en hacer que cada compás tenga sentido. En el Club Chocolate, la propuesta encontró su lugar frente a un público dispuesto a seguir cada giro, cada fractura rítmica y cada descarga de esa música que se niega a caminar por la línea recta.
Una noche para los oídos inquietos. Porque el rock progresivo, cuando se toca con convicción, no necesita simplificarse para impactar: puede ser cerebral, impredecible y brutalmente emocionante al mismo tiempo.
