REVIEW CONCIERTO | Epic Rock Fest II: Rapsódica y groovera alianza

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Reseña: Fito Serey

Fotos : Alejandro Jara Córdova – @alejandrojara


El día es una invitación infernal para cada uno de los asistentes. Con un viento amigable y un sol inclemente, el público comienza a llegar a raudales hasta al frente del escenario, con ansias de que todo inicie, con que el estruendo amenace los sentidos y se conjugue todo lo prometido en el Epic Fest: Segunda edición.

Slicer: De máscaras y rápido thrash metal

El inclemente sol no derrotó los ánimos de los asistentes, los que fueron atraídos por la intempestiva expresión de metal de Slicer, una muestra beligerante de thrash y speed metal. El inicio fue como “tirar toda la carne a la parrilla”, con una canción de aproximadamente 7 minutos de duración, todos quedamos totalmente expectantes, un verdadero “Keeper of the seven keys” del thrash metal y, todo lo que vino a continuación, fue una suma de velocidad y brutalidad expresada en el subgénero y sin embargo, con una puesta en escena totalmente directa y refrescante:

“Criatura desprendidas desde la misma carátula de un álbum”, guitarras destellantes, percusiones del terror y un bass tocado sin premura. Esta banda rancagüina pisará tantos escenarios como ellos los persigan. 

La caída de Hamlet y la vuelta a la nostalgia con Los Peores de Chile

Para muchos fue una decepción y una herida que se cerró con escozor. Por motivos de gira no concretada, Hamlet no llega al Epic Fest, provocando esa pérdida de thrash, groove y alternative metal por la que algunos hasta cruzaron la cordillera. Aún así, nada se sintió como un pálido reemplazo. La banda Los Peores de Chile llega como un bólido de punk-rock a prender el espíritu alicaído de los presentes. A medida que sus cuerdas y  percusiones sonaban, las personas comenzaban a acercarse al escenario más y más, hasta agolparse a él.

La firma de esta jornada fue con pequeñas muestras de riesgo y con la nostálgica sonoridad de antaño. Tocaron “a la segura”, poniendo en juego todos aquellos clásicos que los posicionaron en la década de los 90´, un lujo de setlist, que culmina casi como termina: altivo y encendido.

Fabio Lione: Magia, Dragones y una sorpresiva lluvia de mil flamas

La rapsodia toma por asalto el abrumador sol. No se dice nada y sólo se comienza con un derroche de epicidad y barbarosidad ¿por qué no? (ríe) tocando y cantando todos los clásicos que algún día invistieron de fantásticas batallas el espíritu de adolescentes que ahora son mujeres y hombres y que pasaron la posta del juglar a las generaciones venideras.

Y vaya setlist que tocaron, clásico a clásico, dragón, espada y escudo sumergidos en una llamarada de power metal. La fantasía épica desbordada en los ojos y voces del público. Esta mezcla tan íntima de lo hermoso que fue, el metal y la lírica estaban ahí, tan presente como hecha carne. Indiscutiblemente, la pasión que esta música evoca, es totalmente diferente a la vibra de las bandas anteriores. El corazón es delator y pasional, envuelto en lo que fue y será la demostración hidalga de este metal.

Fabio Lione llega hasta cada rincón espacial del lugar, su vozarrón no ha decaído con el tiempo y su teatralidad es tan potente como la llamarada de un dragón y es así como el clímax (o casi) nos trae canciones que ya no se cantaban, dejándoles un pequeño easter eggs: “Lluvia de mil flamas”.

Tierra Santa: Las vueltas son las que dejan

Cabalgando llega la fantasía ibérica hasta los corazones del público, acercándose desde lo más recóndito del recinto. No son caballos los que hoy corren, sino pegasos, barcos fantasmales y el bastón del diablo ¡Sí!. El calor fue en retirada y el metal en llegada. 

Tierra Santa accedió a los miles que se encontraban ahí, expectantes y listos para gritar cada una de las canciones. Con canciones nuevas y el resurgimiento de muchas viejas, los españoles no dieron tregua, hit tras hit, con mágica energía y vivacidad. Todos estaban realmente en ese instante, en cada instante de interpretación ¿como dudar de tantos rostros emocionados?

Es la amalgama perfecta que todo artista busca, compenetrarse con su público hasta que cuerdas, golpes y voz se hacen uno con la audiencia. No hubo amargas despedidas, pero sí se quería mucho más.

Madball: Arroja la esfera de metal y verás que hay hardcore-punk y más metal

Confieso que hace meses atrás no hubiera sido capaz de escribir nada sobre esta banda si no fuera por la recomendación de un buen amigo y, habiendo dicho esto, la aplastante vibra del HXC fue como una bestia que no dejó espacio para respirar, casi. Su sutil mezcla con metal da una expresión violenta de un crossover contestatario y sin privaciones. La conexión con el público es de gritos y mosh pit. Todos se convocan a la tradicional arenga cerca al escenario y la alegoría a la rapidez, fuerza y el giro. No hay hardcore sin un buen giro de mosh pit o slam.

Procurar centrarse en un sitio no tiene sentido. Buscar alivio en la rabia, correr, saltar y el saltimbanqui es la gracia que tiene toda esta música. Los brazos agitados y las mentes conmocionadas por el estruendoso ritmo. No hay espacio para la melodía, sino más bien, sitial para dejar todo arrancar y darle tan duro como se te pueda imaginar a sacar toda esa ira de ustedes.

Kabrones: Si molesto, me quedo y ¡que os den!

Para muchos significó una queja, pero para otros, una vuelta a inicios del dos mil. El mago estuvo ahí y echó a volar tantas emociones de esperanza teñidas de melodía y violín.

Con una formación prácticamente original, los barakaldar se situaron en el escenario nocturno para romper el frío, la tristeza y el pesar, pintando de colores la inmensa noche. Cada persona estaba ahí, expectante al recorrido sonoro por décadas de historia y torbellinos de emociones circundantes. Kabrones no sólo tocó clasicazos de su historia de Magö de Öz, sino que las interpretó al estilo del Belfast: Todo lo que alguna vez fue Rock folk ahora era puro y duro metal, elegante, vibrante, feliz, pero metal al final.

Dicen que el tiempo es injusto con los valientes, pero la melodía hace lo suyo y la invitación al festín de algarabía estaba ahí, tan ahí como estuvimos tú y yo, disfrutando cada momento que enternece, intempesta y repleta de gozo el alma.

Suicidal Tendencies: Toma mi ritmo y gira

Toma mi ritmo y gira sería probablemente lo que diría el vocalista de Suicidal Tendencies. El thrash, groove y rap y lo que se les diera la gana estuvo en el escenario y bajo él. Tomaron toda esa energía acumulada y la lanzaron de cara hasta nuestros combativos pechos. Todos y sin excepción clamaron el nombre de la banda, así como todas sus letras, tan esperado luego de sus caídas fechas de antaño.

El mosh pit se acrecentó, cada vez más grande y sumando adeptos hasta volverse en una masa de personas, polvo y metal, literalmente podías morder el polvo.

El encuentro fue indiscutiblemente la expresión más soberbia del metal. Nadie estaba sobre sí, lo mínimo que ahí podrías encontrar era headbanging, puños rompiendo el viento y el resonante hemisferio posterior del cerebro recibiendo granadas de groove metal. Una música hecha para traducirse como un bombeo constante, donde el corazón menos inquieto se arrojaba a la jauría del giro exaltado.

Y tú ¿Dónde estuviste ese día? ¿Corriste, coreaste, gritaste, giraste, todas las anteriores?

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