REVIEW CONCIERTO | Luz de una estrella eterna: El alma de Amy hecha música en RBX
Al caer el manto de la tarde del 10 de mayo, la antesala de la sala RBX se transformaba en un río de almas expectantes. Una constelación de devotos aguardaban para presenciar un tributo a la estrella fugaz y eterna del soul y el jazz: Amy Winehouse. Ya desde las ocho, el interior del recinto era un crisol de murmullos y brindis, donde los primeros fieles paladeaban la carta del lugar mientras aguardaban.

A las nueve en punto, con la sala vibrando en una sintonía de corazones expectantes,The Amy Winehouse Band emergió, y un trueno de ovaciones y aplausos sacudió los cimientos del lugar. En ese instante, los primeros acordes de “Know You Now” tejieron su magia en el aire. Con ellos, Bronte Shande, etérea y deslumbrante en un estilo pin up que era un eco visual de la propia Amy, su peinado y vestido un portal a otra era. Su voz, un hilo de oro y terciopelo, electrizante y suave, nos abrazó. Era innegable: el carisma y el timbre vocal de Shande parecían invocar el aura, la energía misma de Winehouse, como si su espíritu danzara entre las notas.
Tras ella, como pilares de ese espejismo sonoro, Dale Davis con el bajo y Hawi Gondwe en la guitarra, recreaban la arquitectura musical que sostuvo a Amy. Las canciones fluían, una tras otra, como páginas de un diario íntimo abierto al universo: “October Song”, “Mr Magic”, “In My Bed”, “Stronger Than Me”, “Moody’s Mood”, “You Sent Me Flying”, y “Addicted”. Cada pieza se deslizaba, suave y contundente, mientras Shande, en breves interludios, compartía su perspectiva, el significado profundo de encarnar esas melodías, la historia de su primer encuentro con la banda. Su cercanía era un testimonio del carisma que fluía de su ser, tejiendo una conexión invisible pero poderosa con el público.


El viaje continuó con “Cupid”, “He Can Only Hold Her”, “More Than You’ll Ever Know”, “Love Is Just a Losing Game”, y “Tears Dry On Their Own”. Cada tema invitaba a los cuerpos a danzar en su sitio, a las voces a unirse en un coro improvisado. La trompeta de Henry Collins y el saxofón de Dave Temple sonaban con intensidad, elevando la experiencia a un deleite sensorial, un verdadero festín para el alma.
Entonces, como un relámpago en la memoria colectiva, resonaron los acordes inconfundibles de “Back to Black”. Una oleada de emoción pura barrió la sala; las voces se alzaron con fervor, otros apresurándose a inmortalizar el instante con sus móviles. El clásico, eterno e inmortal, reafirmaba su reinado.
Para el siguiente acto, una sorpresa aguardaba. Alexandra Hyde, joven cantante chilena, reconocida como una de las dobles nacionales de Amy y antigua participante del programa «Yo Soy», fue invitada al escenario. Su interpretación de “You Know I’m No Good” fue un momento suspendido en el tiempo. Su asombroso parecido físico y vocal convirtió el número en una aparición casi mística, un eco tangible de la diva.



“Me & Mr Jones”, “Rehab”, “You’re Wondering Now” y “Monkey Man” se sucedieron, verdaderos tesoros, interpretados por quienes fueron sus compañeros de viaje. En un gesto de comunión, la banda invitó a la fanaticada a acercarse al escenario, a fundirse con la música, para una despedida que prometía ser inolvidable.
El número final, “Valerie”, llegó como una caricia, emotiva, suave y encantadora, uniendo las voces de Alexandra y Bronte en un dueto que erizó la piel. Los verdaderos devotos, aquellos que llevan el cancionero de Amy grabado en el alma, corearon cada palabra, de principio a fin. Al concluir, Dale Davis tomó la palabra, su voz teñida de gratitud. Habló de Amy, del honor de perpetuar su legado, agradeció a cada miembro de la banda y a la luminosa compañía de Shande, que hacía posible seguir llevando esas canciones por el mundo.

La ovación final fue tan estruendosa, el cariño tan abrumador, que los músicos, conmovidos, cedieron al clamor popular. Como un regalo inesperado, nos ofrecieron una canción más: “Just Friends”. Un broche de oro para una velada cargada de emoción y nostalgia.
Incluso después de que la última nota se desvaneciera, algunos miembros de la banda permanecieron, compartiendo momentos, fotos y autógrafos con los fans. Un detalle que subrayó la humildad y el amor genuino que sienten por su público, ese público que mantiene viva la llama.
Noche tras noche, el legado de Amy Winehouse demuestra su inmortalidad. Y qué mejor manera de sentirlo que a través de aquellos que conocieron sus sueños, su carisma arrollador, la profundidad de sus sentimientos y la complejidad de su personalidad. Ellos son los guardianes de su esencia, transmitiéndola con cada acorde, con cada verso. Fuimos afortunados testigos de una noche mágica que, esperamos, vuelva a repetirse en el futuro, como una promesa de que la música, la verdadera música, nunca muere.



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