EVENTOS | Donde el silencio resuena: la noche en que Molchat Doma hizo vibrar la oscuridad

EVENTOS | Donde el silencio resuena: la noche en que Molchat Doma hizo vibrar la oscuridad

Hay conciertos que trascienden el sonido y se convierten en atmósferas, en sensaciones compartidas que flotan en el aire. El pasado 11 de noviembre, el Basel Venue fue testigo de una de esas noches en que el tiempo parece suspenderse. En medio de luces tenues y un clima cargado de expectación, los bielorrusos Molchat Doma regresaron a Chile para recordarnos que la melancolía también puede hacer bailar.

El comienzo estuvo en manos de la banda nacional Deshabitado, quienes encendieron la mecha de lo que pronto se transformaría en una experiencia colectiva. Con su potencia post-punk y una presencia escénica sólida, lograron crear el ambiente perfecto para recibir a los protagonistas de la noche. Afuera, aún se veía gente corriendo para alcanzar la entrada: una multitud en constante movimiento que, incluso segundos antes del inicio, seguía inundando el recinto como una marea ansiosa por encontrar su lugar.

A las 9 en punto, el rugido del público marcó la llegada de Molchat Doma al escenario. Entre gritos y euforia, los primeros acordes de “Kolesom” desataron una ola de movimiento instantáneo. Todos, sin excepción, comenzaron a danzar, a levantar los brazos, a dejar que el ritmo mecánico y penetrante los arrastrara. Fue el punto de ignición: el frío industrial se transformó en energía pura.

Fotografía por José Onetto
Fotografía por José Onetto

El repertorio avanzó como una secuencia hipnótica. “Ty Zhe Ne Znaesh Kto Ya”, “III”, “Doma Molchat” y “Ne Vdvoem” fueron recibidas entre saltos y gritos, con un público que parecía conocer cada acorde, cada palabra. No importaba desde dónde se mirara: en el centro, al fondo o desde los costados con visibilidad casi nula, todos compartían un mismo pulso. Era como si la banda y la audiencia respiraran al mismo ritmo, unidos por esa tensión eléctrica que solo el post-punk y el coldwave pueden generar.

A medida que el Basel Venue se llenaba hasta el último rincón, el sonido se volvía más denso, más absorbente. “Obrechen”, “Belaya Polosa”, “Chernye Tsvety”, “Son”, “Discoteque”, “Na Dne”, “Beznadezhnyy Waltz” y “Kletka” construyeron un muro de sonido magnético que mantenía los beats al máximo. Cada canción era una nueva ola que golpeaba el cuerpo, una invitación a perderse en la repetición hipnótica de los sintetizadores y la voz distante de Egor Shkutko, que parecía emerger desde algún rincón melancólico del pasado.

El momento más íntimo llegó cuando Egor descendió del escenario para acercarse a la barricada. Los fanáticos de las primeras filas se apretujaron con fuerza, tratando de alcanzar su mano o al menos rozar su presencia. Los gritos se mezclaron con risas nerviosas, con lágrimas y flashes de celulares. Fue un instante fugaz, pero cargado de una conexión sincera. Durante todo el show, Egor se movió como un espectro hipnótico: sus brazos trazaban figuras en el aire, su cuerpo aparecía y desaparecía entre las luces, creando un hechizo visual que mantenía a todos en trance.

Fotografía por José Onetto
Fotografía por José Onetto

Y cuando la noche comenzaba a acercarse a su fin, llegó el clímax absoluto. “Toska”, “Tancevat” y la infaltable “Sudno (Boris Ryzhyi)” sellaron la velada con la fuerza de un huracán emocional. Antes de la última canción, Egor levantó los brazos y, con una sonrisa casi imperceptible, preguntó: “Are you ready?”. La respuesta fue un estallido unánime. En ese momento, las primeras notas de “Sudno” se desplegaron y el Basel Venue explotó. Nadie se contuvo: todos saltaron, gritaron, corearon y dejaron que la canción los consumiera por completo. Fue el punto culminante, el instante en que el silencio y la euforia se fusionaron en una sola vibración colectiva.

Tras esos últimos minutos de intensidad, Molchat Doma se despidió entre aplausos ensordecedores y una ovación que parecía no terminar. Su adiós fue breve, pero cargado de calidez genuina. El público, agotado y feliz, permaneció un momento más, intentando asimilar lo vivido.

Cada visita de Molchat Doma a Chile deja una huella imborrable, un eco que resuena mucho después de que el último sintetizador se apaga. Lo suyo no es solo música: es una experiencia emocional que atraviesa el cuerpo y se queda en la memoria. En esta noche de noviembre, el silencio volvió a tener voz, y miles de personas bailaron al compás de su resonancia.

Hasta la próxima, Molchat Doma —que el silencio vuelva a hablar pronto.

Fotografía por José Onetto
Fotografía por José Onetto
Fotografía por José Onetto
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