REVIEW CONCIERTO | Imagine Dragons arrasó en el Monumental: un show épico, desbordante de energía, luz y conexión
Texto: Alejandro Torres Quezada
Fotos: Eduardo Sandoval
El Estadio Monumental fue escenario de una jornada inolvidable. Más de 40 mil personas se congregaron la noche del 21 de octubre para presenciar el regreso de Imagine Dragons a Chile con su Loom World Tour, en un concierto que combinó emoción, potencia y una conexión genuina entre la banda y su público.
Una marea humana desde temprano
Desde las primeras horas del día, los alrededores del recinto fueron copados por fanáticos que llegaron desde La Serena, Concepción, Chillán, Viña del Mar, Valparaíso y Rancagua, entre muchas otras ciudades. El ambiente era de fiesta. Grupos de amigos cantaban, portaban banderas y compartían la ansiedad propia de un reencuentro largamente esperado.
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Mecánico dio el puntapié inicial
A las 19:50, los encargados de abrir la jornada fueron los chilenos Mecánico, quienes entregaron un show sólido y bien ejecutado, con una mezcla de pop alternativo y electrónica. Su propuesta fue bien recibida por el público, que respondió con aplausos y energía, preparando el terreno para el plato fuerte de la noche.
Un inicio a la altura de las expectativas
A las 21:10 horas, las luces se apagaron y un grito ensordecedor recorrió el Monumental. Las pantallas LED gigantes desplegaron el intro visual del Loom World Tour mientras los primeros acordes de “Fire in These Hills” llenaban el aire. Entre humo, confeti y luces sincronizadas, Imagine Dragons apareció en escena y el estadio se vino abajo.
El arranque fue una descarga de adrenalina. “Thunder”, “Bones”, “Shots” y “Whatever It Takes” mantuvieron al público en euforia constante. En “Take Me to the Beach”, decenas de pelotas de playa comenzaron a rebotar sobre las cabezas del público, acompañadas por una nueva ráfaga de humo y color que transformó el recinto en una celebración colectiva.
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Dan Reynolds: el alma del espectáculo
A lo largo del concierto, Dan Reynolds, bautizado cariñosamente por el mismo como “Danielito” fue pura energía y carisma. Se movió por toda la pasarela central, cruzó las barricadas que separaban cancha frontal y general, e incluso llegó hasta el PIT, donde saludó, se dejó fotografiar y estrechó las manos de los asistentes. Su actitud, entre cercana y desbordante, convirtió cada tema en una experiencia emocional.

En “On Top of the World”, bajó nuevamente hacia el público para saludar y cantar entre ellos. Y cuando el ambiente estaba en su punto más efusivo, llegó uno de los momentos más comentados de la noche. Reynolds se quitó la polera, desatando una ovación masiva y el ya clásico grito del público chileno: “¡Mijito rico, mijito rico, chala-lalalalalalala!”. Entre risas, el vocalista respondió: “No sé lo que me dicen, pero los amo”, provocando una explosión de risas y aplausos.
Una banda en absoluta sincronía
Más allá de Reynolds, el resto de la agrupación demostró por qué Imagine Dragons es una de las bandas más sólidas del planeta. Wayne Sermon en la guitarra, Ben McKee en el bajo y Andrew Tolman en la batería ofrecieron una ejecución impecable, aportando solidez, ritmo y presencia escénica. Son el esqueleto que sostiene la energía del vocalista, y su química fue fundamental para alcanzar la perfección técnica del show.

El sonido fue impecable de principio a fin. Potente, equilibrado y con una nitidez que pocas veces se logra en un estadio. Ni una falla, ni un error. Solo sincronía, energía y emoción.
El set acústico: un respiro entre luces
El concierto tuvo también su espacio para la calma. En un improvisado escenario secundario, ubicado al final de la pasarela, la banda interpretó “It’s Time” junto a “I Bet My Life” en formato acústico, acompañada por miles de luces de celulares que crearon un ambiente íntimo y conmovedor. Fue un momento de comunión total, donde la multitud cantó a una sola voz y el tiempo pareció detenerse.

Radioactive: el punto de quiebre
Uno de los momentos más impactantes llegó con “Radioactive”. Reynolds tomó un bombo gigante y comenzó a golpearlo con fuerza, marcando el ritmo inicial del tema. Al cierre, se unió al baterista en una secuencia rítmica tan intensa que hizo vibrar todo el Monumental.
Luego vino “Demons”, precedida por una introducción al piano y una frase en perfecto español que provocó carcajadas y gritos: “Son el mejor país de Chile”, dijo Reynolds antes de comenzar la canción. Acompañada de humo y luces cálidas, la interpretación fue uno de los momentos más emotivos del concierto.

Una avalancha de himnos
La recta final fue una sucesión de himnos. “Natural”, “Walking the Wire”, “Sharks” (esta última enfocando en las pantallas gigantes gente disfrazada de tiburón), “Birds”, “Enemy” y “Eyes Closed” mantuvieron al público saltando y cantando en todo instante. Cada canción fue acompañada de un diseño visual único, con luces, humo, confeti, llamaradas y proyecciones que potenciaron el espectáculo al máximo nivel.

Un final que rozó la perfección
El clímax llegó con “Believer”, tema que selló la noche entre fuegos artificiales, columnas de humo y una lluvia de confeti multicolor que cubrió el estadio por completo. Reynolds, visiblemente emocionado, se arrodilló frente al público, se llevó la mano al pecho y gritó: “¡Chile, los amamos con todo el alma!”. La ovación fue tan intensa que por momentos pareció hacer temblar el suelo.
Más que un concierto, una experiencia emocional
Durante casi dos horas, Imagine Dragons ofreció mucho más que música. Hubo emoción, humanidad y un mensaje profundo sobre salud mental, esperanza y empatía, temas que Reynolds abordó con una sinceridad que conmovió a todos los presentes.
La producción, a cargo de DG Medios, estuvo a la altura de los grandes espectáculos internacionales, con un sonido impecable, visuales envolventes y una coordinación técnica precisa que potenció cada momento del show.

Una noche que quedará grabada en la historia
Lo ocurrido en el Monumental fue mucho más que un concierto. Fue una declaración de poder, gratitud y conexión entre una banda en su punto más alto y un público que respondió con el corazón. Con una ejecución impecable, una energía contagiosa y un mensaje que trascendió lo musical, Imagine Dragons escribió un nuevo capítulo en su relación con Chile, el más grande hasta ahora.
Bajo una lluvia de confeti, llamaradas, humo y luces con efectos visuales emocionantes, no hubo espectadores, hubo una sola voz, un solo latido y una banda que, sin dejar espacio a la duda, demostró que la grandeza también se mide en emoción.
